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Por Walter Celina - 14 de Febrero 2016
AVE FÉNIX XXI - F.G.L: ELEGÍA A I. SÁNCHEZ MEJÍAS


DESCENLACE EN LA PLAZA TAURINA

Los españoles de la década del 30 del S. XX vibraban en las plazas de toros en las fiestas cuasi bárbaras de hombres en luchas a muerte con los toros. Rindiendo culto a esa tradición repleta de tensión, el 13 de agosto de 1934, la sangre del sevillano Ignacio Sánchez Mejías manchó la arena del ruedo de Manzanares.

No era sólo un desafiante que se jugaba la vida contra una bestia. No poseía los pases de su cuñado, el bravo José Gómez, Joselito o El Gallo. Sí, un extraordinario arrojo. Cultivó facetas múltiples, que lo dotaron de renombre. Integró la Generación del 27 y, en cierta forma, ejerció su mecenazgo. Jugador de polo, automovilista, dramaturgo, presidió el Real Betis Balompié. Entre sus amores notorios estuvieron la bailarina Encarnación López, La Argentinita, y la escritora Marcelle Auclair.
Miguel Hernández y Rafael Alberti, fueron sus amigos, lo mismo que FGL. Había nacido el 06 de junio de 1891. El asta de un toro gangrenó su muslo derecho, siendo causa de su deceso.

El poema lorquiano, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, se amarró al recuerdo del toreador y lo inmortalizó. Y el propio Federico ascendió a una de las más altas cimas del lenguaje poético.
Se trata de una elegía, compuesta de 220 versos. Inscripta en la lírica, traduce un sentimiento de pérdida. A este respecto, la poesía española se reconoce en tres pilares: Jorge Manrique, Miguel Hernández y en el monumental Llanto.

Este ha sido conjugado en cuatro estaciones peculiares. La voz del autor exhibe su maestría para las descripciones, con colores que van del blanco al gris y acaban sumergiéndose en sentimientos patéticos, aires épicos y creativas imágenes simbólicas.

FLASHES SOBRE EL POEMA

1.- En La Cogida y la Muerte: “A las cinco de la tarde./ Eran las cinco en punto de la tarde./ Un niño trajo la blanca sábana/ a las cinco de la tarde.”
Es como un presagio fatal. Un tañido luctuoso de campana.

2.- En la Sangre Derramada: “¡Qué no quiero verla!/ Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena./ ¡Qué no quiero verla!”
Tras la evocación del instante en que por el fluido vital escapa de entre los vivos, evocará a Ignacio subiendo por las gradas con “la muerte a cuestas”. Agregará que no hubo príncipe en Sevilla con que se lo pueda comparar, “ni espada… ni corazón tan de veras.”

3.- En Cuerpo Presente: “Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura./ Los que doman caballos y dominan los ríos;/los hombres que les suena el esqueleto y cantan/ con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos./ Delante de la piedra,/ delante de este cuerpo con las riendas quebradas./ Yo quiero que me enseñen dónde está la salida/ para este capitán atado por la muerte.”
Es una reflexión potente, un discurso para sí y los demás, frente al foso de piedra en que yace un héroe, un amigo entrañable.

4.- En Alma Ausente: “El otoño vendrá con caracolas,/ uva de niebla y montes agrupados,/ pero nadie querrá mirar tus ojos/ porque te has muerto para siempre.”
Al fin, la despedida para el intrépido varón de las banderillas será un canto con “palabras que gimen”, recordando “una brisa triste por los olivos”.