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Por Walter Celina - 6 de Marzo 2017
TANGO CULTURA - BAUTISMO EN “LA VAQUERÍA”


Si bien el bautismo es un rito religioso signado por el uso del agua -por inmersión o ablusión-, los febrero entre 1915 y 1917 tuvieron en la Ciudad Vieja de Montevideo celebraciones intensas e imperecederas.
Junto a los zaguanes y portales de viviendas y establecimientos grandes tanques almacenaban agua extraída de aljibes y pozos semisurgentes. La fiesta del carnaval estallaba con alborozo, liberando las ataduras sociales más escrupulosas. Así, cubos y vasijas de todo tipo podrían derramarse, sin la menor piedad, sobre vecinos en verdaderas batallas, como ensopar a los transeúntes.
Entre las variantes de esa alegría desatada, grupos de personas con atuendos de reinas, príncipes, animales o diablos, saltaban por las calles. Con voces desfiguradas gesticulaban y removían el aire, muchas veces acompañándose con instrumentos. Podría decirse que el día, desde la tarde, preparaba otras diversiones nocturnas. Tambores, flautas -sencillas de caña-, acordeones, guitarras, panderetas, castañuelas, matracas, cornetas y cantantes atenorados, se cruzaban y daban sus mensajes de gozo.

En el tambo “La Vaquería del Parque” los animales de ordeñe estaban bajo techumbres de paja, listos para proveer leche tibia de ubre, ya que el calor veraniego alteraba la almacenada en tarros. Los dueños y cuatro o cinco empleados iban y venían en sus menesteres habituales y en la atención a compradores.
Una nota distinta la daban las agrupaciones musicales. No todas alcanzaban el mismo grado de potencia y armonía, aunque, por igual, pudieran colgarse de los oídos de los habitantes de las casas bajas que ornaban los barrios de la ciudad portuaria.
Un sonido alborotador se hizo fuerte cuando entró por la calle del tambo. Ángel Piero Mendoza Urrabarriola estaba cerca del portal del comercio. Dejó el tacho y el paño de limpieza en la batea y corrió a ver qué sucedía:

-¡Vengan, vengan, corran!, gritó hacia adentro, con acento de un gallego entre vascos e itálicos. -“¡Son los estudiantes con su “cumparsa”!
Tras un estandarte de tela iban, haciendo reverencias y desgranando sonrisas y ademanes hombres de levita, con bastones, sombreros de bombín, grandes bigotes, cuellos y pecheras de plastrón, pantalones con trencillas y por calzado botas livianas; otros con guardapolvos, sacos y gorros blancos, de los usados por médicos y enfermeros. Algunos sostienen que entre los jubilosos musicantes, cuatro llevaban una caja alargada, como un cajón de muerto…

La Federación de Estudiantes del Uruguay animaba de este modo la siesta rota. El grupo había partido de la excasona en que funcionaba la Asociación de Estudiantes de Medicina, en la calle Ituzaingó al 1282, casi Buenos Aires. Tiempo atrás, el 03 de mayo de 1914, Gerardo Matos Rodríguez se había ligado a un conjunto de muchachos comparseros con fines festivos.
La melodía, que ahora había pisado la calle y conmocionó al hombre de novela que gritó “¡la cumparsa!”, terminaba de ser bautizada: La Cumparsita. ¡El himno de los tangos!

Se estrenó en 1917 en el gran Café La Giralda -hoy Palacio Salvo-, por el entrañable cuarteto porteño del maestro Roberto Firpo.
La partitura original, con la firma de Gerardo Matos Rodríguez, luce este registro histórico: "Dedicado a mis estimados amigos y compañeros los Bachilleres: Andrés Suárez, Arturo Carcavallo, Arístides Lupinacci, Alberto Martínez, Alfredo Martínez, Carlos Martínez, Eduardo Martínez, Augusto Martínez, Carlos Castelar, Enrique Berget, Asdrúbal Casas, Aníbal Casas, José Lourido, Mario Bordabehere, Miguel Marsiglia, Juan Bianchi, Gerardo Bianchi, Alfredo Berta, Alberto Tusso, Walter Correa Luna, Julio Travella, Alfredo Fabiani, Menotti Crottoggini, Raúl Netto, Rogelio Naguil, Alfredo San Román, Roberto Introíni, Domingo López, César Seoane y César Bergallo.".

Encanto y gloria de una juventud que nos legó un preciado tesoro. ¡El que nos permite, al unísono, sensibilizarnos mediante un cuerpo de notas tangueras!