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Isabel Traductora
 
 

FRAGMENTOS CELEBÉRRIMOS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

"RETRATO DE SÍ MISMO"

Escribe Walter Ernesto Celina

 

 

Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes, ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies.

Retrato de Cervantes. Pintura de Juan Jáuregui

 Éste digo es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje al Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y de otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño; llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque  fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de felice memoria.

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

Prólogo a las Novelas Ejemplares

 

"PRESENTACIÓN DEL FAMOSO

HIDALGO DON QUIJOTE" 

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes,  algún palomino de añadidura los domingos, consumían tres partes de su hacienda.

El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con las pantuflas de lo mismo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.

Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.

Don Quijote de la Mancha – Segmento del capítulo primero

Fascimil de la primera edición de Don Quijote

DEMONIZACIÓN Y QUEMA DE LIBROS

...El cual aún todavía dormía. Pidió las llaves á la sobrina del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dió de muy buena gana.

Entraron dentro todos y el ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el ama los vió, volvióse á salir del aposento con gran prisa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:

«Tome vuestra merced, señor licenciado, rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encantemos en pena de la que les queremos dar, echándolos del mundo.»

Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno á uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen el castigo de fuego.

Don Quijote enloquecido por las novelas de aventuras. Ilustración de Gustave Doré. Edición francesa de 1863. Biblioteca Nacional de Madrid

«No», dijo la sobrina, «no hay para qué perdonar á ninguno, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarlos fuego, y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.» Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes. Mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dió en las manos, fué los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura: «Parece cosa de misterio ésta, porque, según he oído decir, este libro fué el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste, y así me parece que como á dogmatizador de una seta tan mala, le debemos sin excusa alguna condenar al fuego.»

— «No, señor», dijo el barbero, «que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto, y así como á único en su arte se debe perdonar.» — «Así es verdad», dijo el cura, «y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto á él»

— «Es», dijo el barbero, «Las sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de Gaula.»

— «Pues, en verdad», dijo el cura, «que no le ha de valer al hijo la bondad del padre: tomad, señora ama, abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.» Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fué volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba. «¡Adelante!» dijo el cura. «Éste que viene», dijo el barbero, «es Amadís de Grecia, y aún todos los deste lado, á lo que creo, son del mismo linaje de Amadís.»

— «Pues vayan todos al corral», dijo el cura, «que á trueco de quemar á la reina Pintriquinestra y al pastor Darinel, y á sus églogas, y á las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en forma de caballero andante.»

— «Dese parecer soy yo», dijo el barbero. «Y aun yo», añadió la sobrina. «Pues así es», dijo el ama, «vengan, y al corral con ellos.» Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera, y dió con ellos por la ventana abajo. 

Abrióse otro libro, y vieron que tenía por título El caballero de la cruz. “Por nombre tan santo como este libro tiene”, dijo el cura, “se podía perdonar su ignorancia; mas también se suele decir, tras la cruz está el diablo: vaya al fuego.” Tomando el barbero otro libro dijo: “Éste es Espejo de caballerías.”

– “Ya conozco á su merced”, dijo el cura, «ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán, con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín; y en verdad que estoy por condenarlos no más que á destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo; de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto: al cual si aquí lo hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza.» – “Pues yo le tengo en italiano”, dijo el barbero, – “mas no le entiendo.”

— “Ni aun fuera bien que vos le entendiérades”, respondió el cura; «y aquí le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído á España y hecho castellano; que le quitó mucho de su natural valor; y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua, que por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efecto, que este libro y todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia, se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos, exceptuando á un Bernardo del Carpio, que anda por ahí, y á otro llamado Roncesvalles; que éstos llegando á mis manos, han de estar en las del ama, y dellas en las del fuego, sin remisión alguna.» Todo lo confirmó el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad que no dirá otra cosa por todas las del mundo. Y abriendo otro libro, vió que era Palmerín de Oliva, y junto á él estaba otro, que se llamaba Palmerín de Inglaterra.

Lo cual visto por el licenciado, dijo: «Esa Oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas; y esa Palma de Inglaterra se guarde y se conserve como á cosa única, y se haga para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Darío, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy bueno, y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonísimas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento. Digo pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que éste y Amadís de Gaula queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.»

— "No, señor compadre", replicó el barbero, "que éste que aquí tengo es el famoso Don Belianis."

— "Pues ése", replicó el cura, «con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama, y otras impertinencias de más importancia; para lo cual se les da término ultramarino, y como se enmendaren, así se usará con ellos de misericordia ó de justicia, y en tanto tenedlos vos, compadre, en vuestra casa; mas no los dejéis leer á ninguno.»

– "Que me place", respondió el barbero; y sin querer cansarse más en leer libros de caballería, mandó al ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo á tonta ni á sorda, sino á quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno á los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vió que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco. "Válame Dios", dijo el cura, dando una gran voz, «¡que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempo. Aquí está Don Quirieleison de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora emperatriz enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros y duermen, y mueren en sus camas y hacen testamento, antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen. Con todo eso os digo, que merecía el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran á galeras por todos los días de su vida. Llevadle á casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.»

– "Así será", respondió el barbero; "pero ¿qué haremos destos pequeños libros que quedan?"

– "Éstos", dijo el cura, "no deben de ser de caballería, sino de poesía"; y abriendo uno vió que era La Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo (creyendo que todos los demás eran del mismo género): «Éstos no merecen ser quemados como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballería han hecho; que son libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero.»

– «¡Ay, señor!» dijo la sobrina, «bien los puede vuestra merced mandar quemar como á los demás; porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos, se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta; que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza.»

– «Verdad dice esta doncella», dijo el cura, «y será bien quitarle á nuestro amigo este tropiezo y ocasión delante.» «Éste es», siguió el barbero, «El Cancionero de López Maldonado.» 

«Guárdese con los escogidos, replicó el cura. «Pero ¿qué libro es ése que está junto á el?»

— «La Galatea de Miguel de Cervantes» , dijo el barbero.– «Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención, propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete: quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.»

– "Que me place", respondió el barbero. 

Cansóse el cura de ver más libros, y así á carga cerrada quiso que todos los demás se quemasen. Pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las lágrimas de Angélica. «Lloráralas yo», dijo el cura en oyendo el nombre, «si tal libro hubiera mandado quemar.»"

Don Quijote de la Mancha – Segmento titulado: "Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo".

 
Walter Ernesto Celina - 2005