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UN HOMBRE QUE DEJA EL MEDIOEVO PARA SER  UN SUJETO MODERNO

Escribe Walter Ernesto Celina

 

Sólo un escritor de privilegiada inteligencia como Don Miguel de Cervantes Saavedra, cultivado al menos en una riquísima experiencia vital  -ya que no están debidamente registrados los antecedentes curriculares de su vida andariega de niño y adolescente-, pudo conformar una novela que revoluciona la literatura en más de un sentido.

Aunque sabiéndolo un hombre osado y de decisiones firmes, me lo he representado en el desafío de someter sus pliegos manuscritos al Santo Oficio, esto es, al Tribunal de la Inquisición, dispensador único de un asentimiento, o acusador por la comisión de un acto hereje, alterador de un sistema impuesto.

La aparición de un Caballero Andante, distinto al existente en la vasta literatura medieval, es más que eso.

Es el rompimiento con el mundo antiguo y la asunción por el hombre de su destino, construyéndolo desde la soberanía de sus pasos.

Cuando con el paso de los tiempos el individuo se hace sujeto de la historia y se dispone a labrar por voluntad propia un destino autónomo. El Quijote, primero en una aventura existencial distinta.

Es el instante en que, cuando con el transcurrir de los tiempos, el individuo se hace sujeto de la historia y se dispone a labrar por voluntad propia un destino autónomo. El Quijote es el primero en una aventura existencial distinta.

Su personaje rompe con las seguridades de la sociedad estamentaria y se lanza a un espacio abierto. Sacude la predeterminación, como las nuevas ideas resquebrajarían un mundo cerrado y sofocante.

Cervantes sorteó al Santo Oficio con astucia en su planteo. Las extravagancias de su héroe las califica en su relato como pensamientos que “jamás loco dio en el mundo”.

El vehículo utilizado por Cervantes, como progenitor de un nuevo estilo, es el de las novelas de caballería. Estas tuvieron en España extraordinario arraigo entre los siglos XIV y XVII. Se trataba de narraciones más o menos fantásticas o aburridas, asistidas de una odisea inverosímil, con lenguaje variado en cuanto a su cuidado.

Del 1300 es “El libro del Caballero Zifar”, una de las primeras. “Amadís de Gaula” es otra conocida y reelaborada en el siglo XV, que tuvo hasta 25 versiones. Se convirtió en un modelo, de amplia difusión europea.

Estas piezas narrativas instalan en su centro a un caballero. ¿Qué es un caballero? Un guerrero a caballo que sirve a un señor feudal o a un rey,  a cambio de un pedazo de tierra, o por una paga si se trata de acciones militares mercenarias o, por proceder de familia noble y haber sido escudero.

Adviértase: ninguno de estos caracteres distinguirán al Caballero de la Mancha.

Existió un ceremonial de graduación, con promesa de  lealtad, valentía y de obrar a favor de desvalidos frente a actos de injusticia. La cortesía debía integrarse a tales cualidades. Esas aptitudes sobrevivirán en Cervantes.

Luego, los títulos por órdenes de caballería se generalizaron, siendo entregados por actos civiles. Los caballeros se hicieron pues, nada excepcionales.

Y cuando todo parecía decir que las novelas de caballería estaban agotadas, aparece el genio de Alcalá, con más su rica “locura”.

Y aniquila para siempre a aquellos caballeros de la sociedad dividida en estamentos, para presentar otro modelo de hombre. Al primero que sólo “hará camino al andar”, como para que todos los que vengan tras de él adviertan cuáles son los desafíos de la nueva sociedad.

Justo será darles la bienvenida.

Walter Ernesto Celina - 2005