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MORAL, HONRA, SEXO
UNA CITA DE DÍAZ-PLAJA

La virginidad femenina merece el alto aprecio de Cervantes y el peligro de perderla uno de los mayores que puede tener una mujer. Lo que el “cautivo” teme ocurra cuando unos corsarios capturen a su novia argelina. Afortunadamente los raptores son franceses quienes, según la opinión general española, admiran más la joya que el brazo femenino que la lleva. “Pero los deseos de aquella gente no se extienden más que al dinero y de esto jamás se ve harta su codicia.” (I-41)

La honra conyugal 

Lo había advertido fray Antonio de Guevara y lo repite Cervantes tanto en “El celoso extremeño” como en “El Quijote”.

Cuando uno se casa, los amigos deben acompañarle sólo hasta las puertas de su hogar para no dar que hablar sobre la honra del matrimonio.

Así lo hace Lotario con Anselmo, tras la boda de este con Camila. Se queja el marido y Lotario accede a visitarlos pero sólo de vez en cuando porque…

“Decía él y decía bien, que el casado a quien el cielo había concedido mujer hermosa, tanto cuidado había de tener qué amigos llevaba a su casa como el mirar con qué amigas su mujer conversaba porque lo que no se hace ni concierta en las plazas, no en los templos, ni en las fiestas públicas ni estaciones (religiosas), (cosas que no todas las veces las han de negar los maridos a sus mujeres) se concierta y facilita en casa de la amiga o la parienta de quien más satisfacción se tiene.

La nota refleja una polémica aún abierta. La ilustración muestra la página inicial de la novela en una versión antigua, expuesta en Montevideo, en el Centro Cultural de España.

 También decía Lotario que tenían necesidad los casados, de tener cada uno algún amigo que le advirtiese de los descuidos que en su proceder hiciese porque suele acontecer que con el mucho amor que el marido a la mujer tiene, o no le advierte o no le dice, por no enojarla que haga o deje de hacer algunas cosas que él hacellas o no, le sería de honra o de vituperio; de lo cual, siendo del amigo advertido, fácilmente pondría remedio en todo”. (I-33)

Por encargo de su amigo Anselmo, Lotario intenta atacar la virtud de su esposa; es la prueba que Anselmo quiere hacer de su fidelidad pero acaba enamorándose de ella rindiéndola de verdad, momento que Cervantes describe de forma delicada:

“Finalmente, a él le pareció que era menester… apretar el cerco a aquella fortaleza y así, acometió a su presunción con las alabanzas de su hermosura, porque no hay cosa que más presto allanen las encastilladas torres de la vanidad de las hermosas que la misma vanidad puesta en las lenguas de la adulación. En efecto, él, con toda diligencia, minó la roca de su entereza, con tales pertrechos, que aunque Camila fuera toda de bronce viniera al suelo…Rindiese Camila… pero ¿qué mucho si la amistad de Lotario no quedó en pie? ejemplo claro que nos muestra que sólo se vence la pasión amorosa con huilla y que nadie se ha de poner a brazos con tan poderoso enemigo porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas humanas.” (I-34)

La doncella cómplice tiene también un amante, cosa antes jamás confesada a su ama, pero a la que ahora ve más a su nivel moral; aprovechando la situación le recibirá en la misma casa. En efecto, en una sociedad tan clasista como la del siglo XVII español el ejemplo licencioso de la señora repercute rápidamente en el servicio. (I-33) Fernando Díaz-Plaja.

El matrimonio programado y libre, el concertado por los padres
 y el dictado por la pasión se reflejan en “El Quijote”,
 afirma Moreno Báez, polemizando con A. Castro.

“Hoy en España los matrimonios son acordados por los contrayentes y van precedidos de un noviazgo más o menos largo; en el XVII la iniciativa correspondía a los padres o a los señores y se hacían cuando se concertaban. Aunque en “El Quijote” se elogia al tutor de Marcela por no haberla querido casar contra su voluntad y se censura al padre de Lucinda por obligarle a casarse con don Fernando, el autor defiende el derecho de los padres. Idea sobre la que vuelve en el “Persiles” al decírsenos que Arnaldo aceptó por esposa a la hermana de Segismunda, que le ofrecen los protagonistas, “y se fuera con ellos, si no fuera por pedir licencia a su padre: que, en los casamientos graves, y en todos, es justo se ajuste la voluntad de los hijos con la de los padres” (IV, xiv). La contradicción entre lo uno y lo otro se resuelve sabiendo que el derecho de los padres se fundamenta en la razón y que la razón no permite forzar a nadie. Por eso se elogia al padre de Leandra por haberle dado a elegir a su hija entre dos pretendientes de igual condición (DQ I, li). Lo que significa que para Cervantes la autoridad de los padres se templaba por el derecho de los hijos a ser oídos. El que esta opinión sea expresada de nuevo en el “Persiles” (I, xii) prueba lo enraizada que estaba en su ánimo”.

Aunque desde 1564, en que se publicó en España el Concilio de Trento, los matrimonios clandestinos in facie Dei, en los que bastaba que los novios se dieran las manos y se aceptaran por marido y mujer, pierden todo valor sacramental, la costumbre tardó mucho en desaparecer y sobrevivió en la de los esponsales o desposorios, que podían ser por palabras de futuro o por palabras de presente. Estos últimos, teñidos de cópula, tenían en tiempos de Cervantes los mismos efectos que antes los matrimonios clandestinos, de los que se distinguían por necesitar de celebración y no sólo de publicación, es decir, por no ser sacramento. Por malicia y bellaquería muchos luego negaban tales desposorios y se desentendían de ellos, como don Fernando al pedir la mano de Lucinda, olvidando el vínculo que le unía a Dorotea. Su existencia permite a ésta contar sin empacho su historia al cura, el barbero y Cardenio y llamar esposo a don Fernando. Un caso parecido es el de la hija de doña Rodríguez, cuyo galán había escapado a Flandes.

Aunque en las “Novelas Ejemplares”, que no sabemos cuándo se escribieron, haya desposorios seguidos de cópula en “Las dos doncellas” y en “La señora Cornelia”, en los que se fundamentan el argumento, y aunque en el “Persiles”, dominado por el deseo de lo singular, sorprendente e inesperado, encontremos los desposorios acompañados de consumación de Antonio en la isla de los bárbaros, que aún hoy tendría valor sacramental por las circunstancias en que se realiza, el de Feliciano de la Voz y el de Ruperta, para no mencionar el de Renato y Eusebia, no viven como hermanos en la isla desierta, el de Ambrosia Agustina no seguido de cópula, y los casamientos por palabras de presentes de Isabela Castrucha y los protagonistas, celebrado según la disciplina anterior al Concilio, me parece evidente que, por los menos en “El Quijote” y en algunas de las “Ejemplares”, existe el propósito de poner de relieve los inconvenientes de estos matrimonios, con que se burlaba el derecho de los padres y se abría la puerta a la relajación sexual reflejada por novelistas como doña María de Zaya. Por eso Don Quijote dice a la dueña que a su hija “le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer promesas de enamorados” (II, lii). La simpatía que Dorotea le inspira lleva a Cervantes a multiplicar los atenuantes que la inducen a aceptar la palabra de don Fernando como mal menor. En el caso de las dos doncellas hasta se cree obligado a justificar la conducta de las que dan título a la novela (Novelas III, 67).

A pesar de tal benevolencia, creemos que las tribulaciones que pasan en “el Quijote” y en “La novelas” las que de tal modo quieren alcanzar el fin de sus deseos, a las cuales pudieran unirse las de Feliciano de la Voz en “El Persiles”, son prueba elocuente de la actitud del autor, quien en “Las ejemplares” no pierde ocasión de exaltar la castidad de muchas parejas. Preciosa, cuya discreción y honestidad, dado en el ambiente en que se ha criado, nos resultan poco verosímiles, al imponer a don Juan de Cárcamo el noviciado de dos años con que quiere probar los quilates de su amor, le advierte que en éstos habrá ella de ser “ vuestra hermana en el trato y vuestra humilde en servicio”, y al encontrar a sus padres y preguntarle ellos si tiene afición al mancebo  que con ella venía “respondió que no más de aquella que le obligaba a ser agradecida a quien se había querido humillar a ser gitano por ella, pero que ya no se extendería a más el agradecimiento de aquello que sus señores padres quisiesen” (p.122). No menos ejemplar es aquí la conducta del sacerdote que se niega a casarlos sin las previas amonestaciones y sin la licencia de su superior, es decir, del párroco. En “El amante liberal”, donde la esquivez de Leonisa no permite hablar de la castidad de los enamorados, dice aquella a Ricardo, contándole lo que le pasó desde que la acogieron los corsarios: “Ocho días estuvimos en la isla, guardándome los turcos el mismo respeto que si fuera su hermana, y aún más”, lo que sólo se explica por el sobresalto en que viven y el hambre que pasan.

Por eso nos sorprende mucho el que Américo Castro considere el matrimonio por palabras de presente, que en ciertas circunstancias todavía es válido ante testigos, según el Canon 1098, primero como una muestra de la inclinación por la moral naturalista que atribuye a Cervantes, y que nos diga que a éste “le encanta este amor libre y espontáneo, sin fórmulas legales ni religiosas, que laxamente podría cubrirse con el derecho canónico anterior a Trento” (Pensamiento, 349-350). ¿Por qué laxamente? ¿Ignora don Américo que los ministros del sacramento son los contrayentes, que su materia y forma es el consentimiento y las palabras con que éste se expresa y que las innovaciones introducidas en su disciplina por el Concilio Tridentino en nada alteraban esta doctrina, pues en caso necesario puede prescindirse de las formalidades que exige el Concilio? Aquí no hay laxitud, sino distintos modos de celebrar lo que, antes de Trento en cualquier circunstancia era un sacramento, y después se convierte en mero desposorio, que, seguido de cópula, seguía teniendo, como hemos dicho, valor canónico, aunque desde entonces sólo conserve valor sacramental en las muy especiales circunstancias que menciona el Código.

Moreno Báez, E. “Perfil ideológico de Cervantes”

Anales Cervantinos

Fernando Díaz-Plaja. “El Quijote” T. I

 

Walter Ernesto Celina - 2005