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OPINAN LOS ESCRITORES  

 Apuntes de Walter Ernesto Celina

Un francés. Michel Faocault. (1916-1984). “Largo grafismo flaco como una letra, acaba de escapar directamente del bostezo de los libros. Todo su ser no es otra cosa que lenguaje, texto, hojas impresas, historia ya transcrita. Está hecho de palabras entrecruzadas; pertenece a la escritura errante por el mundo entre la semejanza de las cosas. Sin embargo, no del todo: pues en su realidad de hidalgo pobre, no puede convertirse en caballero sino escuchando de lejos la epopeya secular que formula la Ley. El libro es menos su existencia que su deber. Ha de consultarlo sin cesar a fin de saber qué hacer y qué decir y qué signos darse a sí mismo y a los otros para demostrar que tiene la misma naturaleza que el texto del que ha surgido”.

Un italiano. Giuseppe Ungareti. (18881970). “Es uno de los libros que han subvertido y renovado desde sus mismos fundamentos el arte de la novela, y quizá solamente después del Romanticismo supo medirse la importancia que había tenido en la transformación del lenguaje poético europeo, acompañando íntimamente y sin retraso alguno el estado exacto de la evolución del pensamiento occidental”.

Un austríaco. Leo Spitzer. (1887-1960). “Son varios los grandes libros de la literatura universal que, pese a no haber sido escritos para el público infantil, han quedado consagrados como obras capaces de ayudar a desarrollar la sensibilidad del ser humano en el período formativo”.

Un uruguayo. Juan Carlos Onetti. (1909-1994). “He leído a Cervantes, y en particular al Quijote, incontables veces. Era un niño cuando lo descubrí, y espero volver a leerlo, una vez más, por lo menos, antes de morirme.

No voy a referirme en este caso a la estética, a la técnica narrativa ni a la creación novelística de Cervantes, sino a otro sustantivo, tan inmediato siempre a la verdadera poesía y que yo he mencionado al pasar: la libertad. Porque el Quijote, es, entre otras tantas cosas, un ejemplo supremo de libertad y de ansia de libertad”.

Juan Calos Onetti, Uruguayo, Premio Cervantes

 Un checo. Franz Kafka. (1883-1924). “La desgracia de Don Quijote no es su imaginación, sino Sancho Panza. Sancho Panza, quien por cierto nunca se jactó de ello, logró con el paso de los años, aprovechando las tardes y las noches, apartar de sí a su demonio -al que más tarde le dio el nombre de Don Quijote- por el método de proporcionarle una gran cantidad de libros  de caballerías y novelas de bandoleros, hasta el punto que aquel, desatado, dio en llevar a cabo los actos más demenciales, aunque sin causar perjuicio a nadie, debido precisamente a la ausencia de su objeto predeterminado, que debería haber sido Sancho Panza. A pesar de que era un hombre libre, Sancho Panza decidió, quizá a causa de cierto sentido de responsabilidad, seguir tranquilamente a Don Quijote en sus correrías, y disfrutó así hasta el fin de su vida de un provechoso entretenimiento”.

Otro italiano. Giovanni Papini. (1881-1956). “En medio de esa literatura aristocrática y clasiquizante, estalló de repente la bomba del Don Quijote. Con Don Quijote, el realismo plebeyo contrapuso a aquel lánguido y artificioso idealismo de las clases superiores, destinado a vencerle definitivamente después de tres siglos de  guerra invisible. Con Don Quijote, el naturalismo franco y sano, que no se avergüenza de describir mozas de mesón y campesinos sudados, se estableció en la literatura”.

  “Don Quijote es la primera obra maestra de la reacción contra la elegancia, la mundanidad, la futilidad, la irrealidad y la melindrería de los literatos humanistas a la antigua, los cuales, para hacerse perdonar el uso de las lenguas vulgares, escribían con demasiada frecuencia cosas que no sentían en una lengua que no hablaban”.

“En él se siente olor a ajo y a sudor, olor a tierra y a trabajo; verdaderamente, no es un libro para señoras ni para estómagos delicados”.

 

Walter Ernesto Celina - 2005