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DOCUMENTO DE MESONERO ROMANOS

LA ÚLTIMA VIVIENDA DE CERVANTES

Escribe Walter Ernesto Celina

Hacia 1833 la fama envolvía la memoria de Don Miguel de Cervantes Saavedra.

La vivienda en que falleciera el escritor aún se mantenía en pie, desafiando el tiempo. Habían transcurrido nada menos que 217 años del momento en que su función cerebral se paralizara definitivamente. Cervantes despaciosamente, de ahí en más, se fue incorporando a la galería universal de las letras, ese elevado pedestal con que la humanidad civilizada descubre y honra a sus talentos.

Existe un documento de época de Ramón de Mesonero Romanos. Posee una doble significación.

La primera. Refiere a cómo la casa cervantina fue salvada de la piqueta demoledora. La segunda, hace relación a la preservación de un testimonio urbano, capaz de transportar la memoria, siglos después, a un escenario determinado. Se trata de un valor destacado por ciencias actuales, por lo que luce como una anticipación sagaz.

Mesonero Romanos nos ha legado en sus Memorias el detalle de las acciones por las que evitó cayeran  aquellas paredes.

El vigoroso personaje cuenta, sin ambages y casi glorificándose -con la razón que luego la historia pudo asignarle-, el modo por el que interpusiera un recurso desesperado ante el Rey Fernando VII. Y cómo fue posible mantener, en la elegante y siempre remozada Madrid, una fisonomía edilicia singular.

Este es su relato:

El día 23 de abril de 1833 (aniversario de la muerte de Cervantes), y en ocasión de hallarse derribando como ruinosa la casa de la calle de Francos con vuelta a la del León, señalada con el número 20 antiguo, en la que falleció aquel esclarecido ingenio, en 1616, tuvo el autor de estas Memorias la feliz inspiración de llamar por primera vez (y de ello se gloria sin riesgo de ser desmentido) la atención y el interés del público sobre esta fecha memorable, que tan solemnizada viene siendo después en ambos hemisferios.

 Al efecto estampó en La Revista Española un sentido artículo de costumbres, titulado La casa de Cervantes -que después formó parte de las Escenas Matritenses-, consagrado a deplorar aquel suceso y llamar la atención del gobierno y las autoridades hacia tan venerandos restos. Y, ¡cosa rara en aquellos tiempos de indiferencia general!, alcanzó la fortuna de que aquel escrito no sólo llamase la atención del público sobre el objeto que le motivaba, sino que cayendo en manos del Rey don Fernando VII, le afectó tan hondamente, que aquella misma noche llamó al ilustrado Comisario de Cruzada don Manuel Fernández Varela, ordenándole que por todos los medios posibles ocurriese a evitar aquel desmán, y procurase conservar la veneranda mansión del príncipe de los ingenios españoles.

 El señor Varela, en efecto, poniéndose de acuerdo con el ministro de Fomento, Conde de Ofalia, y con el Corregidor de Madrid, que lo consultó conmigo, hizo que éste llamase al dueño de la casa en cuestión (que era, si mal no recuerdo, un honrado almacenista de carbón, llamado N. Franco), el cual se negó resueltamente a la cesión que le propusieron de dicha finca al Estado, porque convenía a sus intereses reconstruirla, y porque -según repetía con mucha gracia el Corregidor Garrafón- también él tenía mucho gusto en poseerla, porque sabía “que en ella había vivido el famoso Don Quijote de la Mancha, de quien era muy apasionado”…

Vista, pues, esta negativa, y dada cuenta de ella al Rey, se expidió, con fecha 4 de mayo (a los diez días justos de la publicación de mi artículo), una notabilísima Real Orden, expresando, casi en los mismos términos que yo proponía, la determinación de que, caso de no poder ser adquirida por el Gobierno, se colocase en su fachada un monumento mural con el busto de Cervantes y la inscripción correspondiente, lo cual tuvo efecto en 23 de junio de 1834 (ya muerto el rey Fernando VII). Posteriormente, en la reforma de los nombres de muchas calles de Madrid, verificada por su celoso Corregidor el Marqués viudo de Pontejos, se dio a la dicha de Francos el nombre de calle de Cervantes, aunque, para proceder con exactitud, este nombre lo merecía más bien la del León (en que estaba la casa y su antigua puerta), el sitio llamado entonces el Mentidero de los Comediantes, o la contigua de Cantarranas -hoy mal llamada de Lope de Vega-, en que está el convento de las Trinitarias, donde fue sepultado Cervantes; y con eso se le hubiera podido dar a la de Francos el nombre de Lope de Vega, que vivió muchos años y falleció en ella, en su casa propia (número 15 nuevo), donde en 25 de noviembre de 1862 (tercer centenario de su nacimiento) erigió, a mi propuesta, la Real Academia Española un digno monumento al Fénix de los Ingenios. 

Ramón de Mesonero Romanos. “Memorias de un Setentón”. Madrid. Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881. Bibliot. Microsoft.

 

Walter Ernesto Celina - 2005