De la primera vez nadie se olvida. Fue nuestro primer encuentro con la muerte. Cursábamos 4to. Año en la Escuela 28 y regresábamos a casa en compañía del “Fifo” Vidal.
De entrada tuvimos el presentimiento de que algo grave estaba pasando. Los rostros severos y alguna lágrima que enjugaba la abuela Anita, nos anunciaba alguna noticia desagradable que no se hizo esperar: había muerto la tía Manuela.
Cambiada la indumentaria escolar marchamos en procesión con otros familiares que ensayaban sollozos y frases entrecortadas mientras nos íbamos acercando a la casa que había sido de la tía.
Han pasado 70 años y todavía recordamos con nitidez aquellos momentos de miedo y fantasías que soportamos aquella noche. Con el paso del tiempo fuimos comprendiendo que se trataba del miedo natural que perdimos con los años en la medida que se van los amigos, los parientes, los abuelos y los padres. De todas maneras aquel día la muerte nos agarro de sorpresa, como a la tía que ni siquiera estaba enferma.
Los años nos han enseñado que se trata de un acontecimiento universal y que nacemos para ir muriendo. Pero en aquel momento estábamos muy lejos de la filosofía y lo único que queríamos era escondernos entre los mayores, tratando de pasar desapercibidos junto a nuestros temores, sin darnos cuenta que no era de la tía que debíamos cuidarnos, sino de los asistentes al velorio.
Debemos señalar que todo estaba arreglado; los muebles y los espejos se habían cubierto con sabanas, algunas sillas para los asistentes y las infaltables fotografías redondas de los bisabuelos que desde las paredes parecían observar con silenciosa veneración el cajón de la tía. Muy cerca de la puerta un cuadro gigante del abuelo que había servido en la revolución junto a uno de los Saravia, nos daba la bienvenida con austera mirada. Los parientes y los amigos fueron llegando en tandas desde Cebollatí, San Luis y Potrero Grande con la reiterada frase de que “solamente nos vemos en estas oportunidades”.
Tiene razón Landrisina cuando se refiere a los velorios: llegan todos compungidos, observando primero si están en el velorio cierto, para evitar una situación desagradable. Luego lo quieren saber todo, la edad del finado y las circunstancias que rodearon su muerte, mientras murmuran entre dientes, “parece mentira ayer estaba ahí, o el clásico, “bueno descansó”. Algún desmayo accidental, reanimado con alcohol y la presencia de algún borracho que llega equivocado fueron las notas predominantes del velorio, que supo tener como sucedía en aquellos años un asadito en el fondo para los parientes. Cuando la dejamos en el cementerio, surgen nuevamente los gritos y desmayos que se prologaron durante el regreso por el camino de La Higuera que se hacía más largo que nunca, sin tener en cuenta que lo hacíamos caminando, puesto que los dos automóviles llevaban a los familiares directos.
En la actualidad todo ha cambiado. Los velorios se realizan en el local de las empresas fúnebres y los familiares del muerto no se ocupan ni del café. Para resumir lo que fue la fatalidad de perder a la tía Manuela, tuvimos que concurrir a la escuela con un brazalete negro al mejor estilo del capitán del cuadro, durante seis meses y conformarnos con escuchar solamente los informativos radiales durante el mismo tiempo, evitando que algún tema musical alterara el ambiente de tristeza que debía reinar. Con el paso de los años hemos comprendido que “la vida es una enfermedad incurable” y como decía Lamartine: “La ola se pierde en la playa, a la hoja se la lleva el viento, la aurora termina en la tarde y el hombre en la muerte”.