NOTA I
El Club Católico y el Ateneo de Montevideo, desde fines del siglo XIX y entrado el XX -en sus dos primeras décadas- fueron, entre otros, centros visibles de un extraordinario debate político-filosófico e ideológico entre dos corrientes bien diferenciadas. A “grosso modo”, una respondía al tradicionalismo católico; la otra al liberalismo progresista (1). Discutían no ya la pertinencia de la separación de la iglesia romana del Estado uruguayo, sino sobre todas las áreas conexas. Iban desde la formación de los registros autónomos del estado civil de las personas o la supresión de imágenes u otros signos religiosos en los centros públicos -caso de los hospitales (2)- a otras cuestiones tan trascendentes como las relativas a la formación de los educandos, etc.
Cabe anotar que “la Unión Cívica del Uruguay (UCU) fue el partido uruguayo de tendencia social cristiana, pero más bien conservador”, se anota en Wikipedia. En 1912 una convención definiría la doctrina y la acción política a llevar adelante.
Es una historia interesante que hace a un debate tenso de tendencias, bajo la influencia y el peso de la Iglesia Católica. Por iniciativa del Club Católico, en efecto, en abril de 1889 se reunió un primer congreso, presidido por el Obispo Mons. Yéregui. Congregaría a Mons. Soler, Joaquín Requena, Francisco Bauzá, Carlos Berro y Juan Zorrilla de San Martín.
En 1900, el Dr. Luis P. Lenguas expresa en el tercer congreso: “…estamos en la obligación de fundar y organizar al único partido que lógicamente está llamado a actuar, pues es el único que puede hacer la felicidad de los pueblos, puesto que con sus miradas fijas en el cielo, proporciona a los hombres la relativa felicidad a que pueden aspirar en la tierra”.
En 1902 son convocados los delegados de los grupos de mutua protección denominados “círculos obreros”. El clérigo Pedro Oyagbehere manifiesta: “La acción social de los católicos debe encaminarse directamente a hacer prevalecer en la legislación sus postulados y aspiraciones. Es pues una necesidad la acción electoral.”
En 1907 la Unión Católica resuelve su organización cívica, con la aprobación de Mons. Mariano Soler. Dijo al respecto: “… Bendigo y aplaudo esta determinación, porque los comicios, así como la prensa, son en la hora presente, la gran esperanza para la Santa Causa…”.
Así, el 18 de diciembre de 1910, los católicos concurren al acto comicial con lema propio.
Las encendidas polémicas de aquellos años no fueron óbice para la afirmación de un Estado Laico, que garantizó el ejercicio de los cultos religiosos. Bajo el imperio de la libertad de conciencia de cada sujeto, garantizadas las formas asociativas y de reunión, templos y entidades afines cultivaron sus identidades en forma pacífica. Pasado el tiempo, pudo apreciarse la atenuación de las disputas, no su desaparición. Y, más aún: el surgimiento de nuevos perfiles.
Hoy la Unión Cívica quedó subsumida como una agrupación en el contexto del grupo del candidato nacionalista a la vicepresidencia, Jorge Larrañaga. A su vez, el partido que este integra se ha incorporado a la organización Demócrata Cristiana de América, en calidad de observador.
Una legisladora del sector mencionado se ha apoyado electoralmente en grupos religiosos no católicos, con la particularidad que un pastor de estos núcleos asumirá una banca parlamentaria.
La tendencia podría llamar la atención, si se tratara de un primer evento. Existen, sin embargo, otros antecedentes que muestran fisuras en el encuadre y posicionamiento de las colectividades políticas.
Cabe observar la actitud del expresidente Julio María Sanguinetti, rompiendo con el liberalismo fundacional batllista, con ocasión de la presencia del Papa Juan Pablo II en Uruguay, en el año 1887. O la del expresidente Tabaré Vázquez, guiñando con un ojo a la Iglesia Católica -poco después- y, cuando más atrás usara el otro, concediendo un espacio público privilegiado para instalar una escultura de la deidad del colectivo umbandista.
De lo anterior surge un mimetismo o variación en las líneas originales. Lo que se desfibra de la yerta Unión Cívica tiende a reacomodarse. Busca rescoldo en el Partido Nacional. Lo que estaba implícito en este partido pasa a ser reconocido vía institucional. Y lo que otrora estuvo excluido, por la acción de un catolicismo militante, se capta e incorpora, confiriéndosele, por primera vez, uno de los escaños parlamentarios del Partido Nacional.
Quedan por examinar de qué manera operó la claudicación batllista -en versión contemporánea- bajo el sanguinetismo y cómo el vazquizmo aportó a la “deslaicización” del Estado uruguayo.
Individualizar el fenómeno y caracterizarlo, abre las puertas a otros debates importantes.
NOTAS:
(1) Arturo Ardao realizó la caracterización de este momento histórico, en una primera matriz, sin perjuicio de visiones actuales más ampliadas. Julio Fernández Techera recuerda los tres estadios definidos por el pionero de nuestra sociología: “Catolicismo masón, entre 1850 y 1865; racionalismo en sentido estricto, entre 1865 y 1880; liberalismo, entre 1880 y 1925. En cada una de esas etapas hay una "cuestión religiosa" específica. Masones y jesuitas se enfrentan en la primera, todavía dentro del catolicismo; racionalistas y católicos se enfrentan en la segunda, la etapa capital de todo el proceso, cuando se hace explícita y formal la crisis de la fe; liberales y clericales se enfrentan en la tercera, desplazada la lucha al terreno político-institucional. (Nota “De pie sobre hombros de gigantes” - Serie: Tributos a Arturo Ardao. Internet).
(2) El doctor Eugenio Lagarmilla en 1906 presentó a la Comisión Nacional de Caridad la propuesta de retiro de emblemas de cualquier religión de las casas dependientes de la entidad. Aprobada la medida, los crucifijos fueron quitados de los hospitales. (José Enrique Rodó. Liberalismo y Jacobinismo. Wikipedia).
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