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Por Walter Celina - 23 de Noviembre 2014

POLÍTICA Y RELIGIÓN - LA AMABLE CONSPIRACIÓN


NOTA II

En la nota anterior se examinaron algunos rasgos de los procesos doctrinarios que dieron perfiles característicos a las colectividades políticas. Pudo apreciarse el zigzagueo político-religioso del Partido Nacional, el potenciamiento de la Unión Cívica y su virtual disgregación y, quizás, como una circunstancia relevante en la actualidad, la entrada militante de las otrora llamadas “sectas” al ámbito parlamentario, de la mano del lema electoral “nacionalista”.

Corrimientos o deslizamientos de naturaleza similar se dieron en el “último batllismo” y, también, en la gobernante fuerza “progresista”.

Siendo canciller del Uruguay el Cr. Enrique Iglesias -quien fuera figura importante de la banca católica en Uruguay y hombre del sistema financiero internacional después- actuó con la anuencia del entonces presidente Dr. Julio M. Sanguinetti, en los términos que él mismo relató, 25 años después de la llegada del Papa Juan Pablo II al país (1).

Levantemos el telón y veamos la escena, bastante ignorada:

“La primera visita que el Papa Juan Pablo II efectuó a Uruguay el 31 de marzo de 1987 fue -entre otros factores- resultado de una “amable conspiración” de varias personas que no nos resignábamos a que el Santo Padre sobrevolara nuestro país sin pisar nuestro suelo”, sostiene Iglesias.

Y prosigue: “Cuando se comenzó a hablar de una visita del Pontífice a Chile y Argentina el presidente de la República, Julio María Sanguinetti, me encargó la difícil misión de persuadir al Vaticano de que el Papa debía honrarnos e inspirarnos con su presencia, en ocasión de ese histórico viaje, tarea que dada mi condición de canciller y católico revestía muy especial significado.

Juan Pablo II, tenía planificada una visita al continente, con motivo de su reciente gestión en el diferendo entre Chile y Argentina por el Canal de Beagle, pero no pasaría por Uruguay, empero una inteligente gestión de nuestras autoridades que implicaba la reunión de los cancilleres de Argentina y Chile con el Papa en Montevideo, nos ubicó estratégicamente apropiados para las conversaciones entre las partes en conflicto.”

Y continúa: “Con ese objetivo viajé a Roma en 1986 para entrevistarme con altos dignatarios de la Curia y fui recibido por el propio Juan Pablo II. Se me explicó que el Papa tenía programado ya un viaje a Uruguay para 1988 (que felizmente se concretó) y que por tal motivo en 1987 iría sólo a Chile y Argentina, que habían llegado gracias a la mediación papal a un difícil acuerdo en su diferendo por la soberanía del canal del Beagle.

Fue precisamente esta gestión histórica que inició el Cardenal Samoré en nuestro país, la que me dio pie para persuadir a la Santa Sede de la pertinencia de que el Papa visitara Uruguay en dos fechas bien próximas: se me ocurrió sugerir que puesto que el Santo Padre iba a Chile y luego a Argentina, se reuniera primero en suelo amigo con los cancilleres de ambos países para conmemorar el inicio de su mediación, precisamente en el Palacio Taranco, sede del primer encuentro de las delegaciones de Chile y Argentina con el Cardenal Samoré. En esta gestión conté con el invalorable apoyo del Nuncio Apostólico en Uruguay, mi querido amigo Monseñor Brambilla y con los cancilleres Caputo y Del Valle que apoyaron la iniciativa comprometiéndose a viajar a Uruguay para recibir al Papa.”

Y concluye: “Fue así como el Papa llegó a Montevideo a las 5 de la tarde de aquel 31 de marzo, bajo una lluvia torrencial, se dirigió al Palacio Taranco y allí recibió a mis colegas cancilleres de Chile y Argentina junto con el Presidente Sanguinetti en una sencilla pero muy emotiva ceremonia, que fue también una lección inolvidable de política”.

La carrera política es para muchos y, por sobre todo para ciertos presidentes, la ambición de sobresalir por actos más o menos espectaculares.

Es cuando empiezan a resquebrajarse las proclamas principistas -según cada doctrina- o a hacerse añicos los programas.

Fue así que, el mismo día de la ceremonia, el 1° de abril de 1987,Julio María Sanguinetti consideró que la enorme cruz de chapas de hierro debía quedarse para siempre en la zona artiguista de Tres Cruces, apenas a metros de dos símbolos republicanos por excelencia: el molino de la chacra en que Artigas pronunciara el Discurso de Abril de 1813 y el Obelisco a los Constituyentes del Estado Oriental.

Seguí atentamente el debate legislativo (desde la posición privilegiada que, como secretario parlamentario tenía entonces, que me daba acceso irrestricto a la sala de sesiones). Una discusión pobre y lánguida. La izquierda estuvo indiferente, como sorda. Del batllismo laicista, nada.

La “amable conspiración” había impuesto su sello. Un verdadero acto de realpolitik sanguinetista, de exterminio del batllismo original. De claudicación de la nueva izquierda.

Tabaré Vázquez -dando crédito a los rasgos bifrontes de la masonería- ubicó una escultura de una diosa del sincretismo, en la proximidad de la Playa Ramírez, tomando un espacio de uso público. Otro día, corrió una estatua eclesiástica a Juan Pablo II y la colocó junto a la cruz elefántica y, con su asistente, la desopilante bailadora María Julia Muñoz, introdujeron un santuario católico en el mismo Hospital Pereyra Rossell.

La ironía de esto fue que Mae Susana Andrade, afroumbandista y rectora del grupo Atabaque -asociado con una lista electoral al Espacio 609, del mujiquismo, denunció el hecho como violatorio de la laicidad y discriminatorio. Así las cosas, gozarían los uruguayos de las más espléndidas ceremonias rituales, para ayudar en los complicados cometidos de ASSE-MSP…

Con cartas tan entreveradas, cabría que los actores -citados en estas notas- se fueran al mazo y se diera de nuevo. Para saber, de buena vez, quién es quién y qué valores sustentan sus colectividades.

NOTA (1):

Internet: servicios.elpais.com.uy/Especiales/aniversario_papal/3asp

walter.celina@outlook.com - walter.celina@adinet.com.uy

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