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Por Walter Celina - 3 de Enero 2015

EN PUNTO, CUANDO SEAN LAS SEIS


“Escribir es una sinfonía de muchos movimientos que no se termina nunca.”

Horacio Arturo Ferrer

Voces y sonidos asordinados parecen escapar tras aquellas puertas, una negra y otra naranja, de una bohemia erudita y laboriosa congregada en el Montevideo del Plata, a metros del cruce de las calles Soriano y Minas.

Una cofradía de tangueros ilustres -rebeldes a un recuerdo de enumeración prolija- en una mesa exploraban los dones de la cultura del arrabal. Se trataba de la historia y la ascensión de una música estremecedora: el tango. Ese, compadre, sensual y terso, bailado y reinando por encima de los horizontes de clases. Es que Horacio Arturo Ferrer y sus cruzados habían fundado un baluarte pionero. Se llamó “Club de la Guardia Nueva”.

En la aventura del medio siglo pasado el dilecto amigo Boris Puga fogoneaba la empresa, como hoy lo hace con “Tanguedia”, reducto uruguayo del acervo musical rioplatense.

El recuerdo tiene la virtud de atrapar lo que la vida sega. Conocí a Horacio, al bajar tantas veces a su oráculo -en rigor un amplio sótano-, para oír grabaciones incunables en 78r.p.m. y recoger lo que estaban aportando las nuevas generaciones de músicos, liderados por Ástor Piazzolla (para citar al más significativo de la pléyade).

De su vínculo activo con Buenos Aires, en aquel local, fueron recibidos personajes como Vardaro, Salgán, Rivero y el propio Ástor, a quienes escuché. Aunque la lista fue enorme.

Ferrer fue editor, a la vez que caricaturista, de “Tangueando”, revista de su club. Publicó un libro -que conservo en otra biblioteca- de notas e historias tangueras, en tiempos que trabajara para el Diario “El País” (MVD).

Su destaque como poeta lo consigue (a mi modesto entender) a partir de algunas composiciones contenidas en “Romancero Canyengue. Versos lunfas y grotescos”. Es un impreso muy emblemático de “Ediciones Tauro”, colección “El Baldío”. Fue dirigida por el escritor Enrique Estrázulas. Luce una caricatura de Hermenegildo Sabat, con Ferrer de perfil y manos al bolsillo. Su fecha es de junio de 1967. El libro fue armado en “Comunidad Sur” (imprenta perseguida y clausurada en los años subsiguientes).

La obra consta de 31 poemas y quien los presenta es nada menos que Cátulo Castillo. El prolífico creador de “Café de los angelitos” y “Caserón de tejas” alude al surgimiento de un “apasionante léxico” tanguero. Ejemplifica, transcribiendo una estrofa de “Solo y espera”:

Raspaba la espectral bandoneonía

su misticordia canyengue con un vano

rumor catedralero en la baldía

atmósfera colgada del verano

Y apunta esto Cátulo Castillo: “Desde luego, un poeta. Y entiendo -aunque alguien no lo entienda- una sonoridad distinta y revelada, como una paleta de colores inéditos, donde la sola presencia de una palabra como bandoneonía, tiene una épica y lejana y nocturnal belleza de arrabal…”

Su cruce a Buenos Aires lo puso en brazos de los eximios músicos y el inspirado estudioso vivificó lo mejor de las antiguas historias, a la par que ponía sus sonetos sobre los atriles.

La más relevante de sus asociaciones tuvo lugar con Ástor Piazzolla y con él recibió los aplausos encendidos de los públicos, también europeos.

Con fragancias de madreselvas penderán de la memoria colectiva “Balada para un loco”, “Chiquilín de Bachín” o su petit ópera “María de Buenos Aires”.

Hace menos de un año estrenó en MVD (Auditorio Nacional del SODRE) “Dandy, el príncipe de las murgas”, una alegoría musicalizada por Alberto Magnone. La fiesta del carnaval uruguayo lució pinceladas shakespireanas, con un elenco que contó con Pinocho Routin, Ruben Rada, Tabaré Leyton, Tabaré Rivero, Martín Inthamoussu, Andrea Salazar y otros artistas.

Mitad montevideano y mitad porteño, Horacio Ferrer había fundado la “Academia Nacional del Tango”, la que escaló los altos del “Café Tortoni”.

Su testamento poético data de 1968, cuando redactó su preciosa “Balada para mi muerte”:

“Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,/ guardaré mansamente las cosas de vivir,/ mi pequeña poesía de adioses y de balas,/ mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,/ mi penúltimo whisky quedará sin beber,/ llegará, tangamente, mi muerte enamorada,/ yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Hoy que Dios me deja de soñar, a mi olvido iré por Santa Fe,/ sé que en nuestra esquina vos ya estás/ toda de tristeza, hasta los pies.

Abrázame fuerte que por dentro/ me oigo muertes, viejas muertes/

agrediendo lo que amé,/ alma mía, vamos yendo, llega el día, no llorés.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada/ que es la hora en que mueren los que saben morir. Flotará en mi silencio la mufa perfumada/ de aquel verso que nunca yo te supe decir.

Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia,/ como sombras fugadas de un cansado ballet,/ repitiendo tu nombre por una calle blanca,/ se me irán los recuerdos en puntitas de pie.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,/ guardaré mansamente las cosas de vivir,/ mi pequeña poesía de adioses y de balas,/ mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,/ mi penúltimo whisky quedará sin beber,/ llegará, tangamente, mi muerte enamorada,/ yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis,/ cuando sean las seis, ¡cuando sean las seis!”

walter.celina@outlook.com - walter.celina@adinet.com.uy

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