Es posible que no exista nada comparable con el clima que vivimos cuándo pretendemos evocar la figura cariñosa de algunos personajes que por distintas circunstancias se ganaron un lugar destacado en nuestra historia ciudadana.
Desde las primeras décadas del siglo pasado existen representantes imbatibles del folklore fronterizo que con el paso del tiempo se fueron incorporando a una lista pintoresca de buenos vecinos, buenos deportistas, buenos amigos y padres ejemplares. Resulta muy difícil desentrañar el misterio de estos hombres y realizar una descripción aproximada puesto que algunos son recordados por los apodos y un copioso anecdotario que suele ser agrandado por el ingenio popular.
Entre muchos y que por suerte nos ha regalado esta frontera, queremos recordar en esta crónica a don Aecio Calabuig para nuestros lectores, y al “Loco” Aecio para la legión de amigos que supo ganarse en su tránsito terrenal. Nació en la ciudad de Castillos el 17 de agosto del año 1921.
Lo conocimos en el vetusto edificio de la calle La Higuera (Samuel Priliac) donde funcionaba la oficina del telégrafo local hasta que el progreso lo demolió totalmente para dar paso al desarrollo urbano, transformándolo en casa habitación y posteriormente en baldío.
Estuvo entre los primeros funcionarios, siendo testigo y protagonista de la época heroica de la telegrafía fronteriza cuando el tintineo contaba palabras gracias al invento de don Samuel Morse allá por 1830 y pico.
De esta manera se ponía fin a la era de los chasques y las diligencias eliminando para siempre el temor a las distancias. Una modesta habitación se había acondicionado de la mejor manera para que pudiera recibir la vetusta estructura de la “moderna” central telegráfica que llegaba al pueblo.
Allí estaba Aecio con su gentileza habitual, manejando con destreza manual fichas y cables multicolores que nos conectaban con el mundo. Todo era precario pero nadie reclamaba ante la buena voluntad demostrada por Aecio y sus compañeros del telégrafo, que al margen de atender las solicitudes diarias, trasmitían los mensajes a domicilio y personalmente sin tener en cuenta el horario de oficina. Don Aecio vivió todas las etapas y los cambios tecnológicos experimentados en el telégrafo local.
Por allí estaban sus compañeros del trabajo y de la vida, Washington Posada, el “Flaco” Decuadra, el “Golo” González, Rul Decuadra y Feliciano Iglesias. Los tiempos ya eran difíciles y complementaba sus horas de funcionario público trabajando en el comercio de su hermano Carlos junto a Ramón Silva, el “Yaco”, “Pelé”, Libano y Hermógenes. Un extenso anecdotario rodea la figura de don Aecio, que según sus amigos y compañeros de trabajo darían para escribir un libro. Estando en Montevideo en casa del “Gallo” Casal se ofrece para traer los ravioles domingueros desde la fábrica de pastas ubicada a 3 cuadras. Se encuentra accidentalmente con unos amigos, festejan el acontecimiento en el bar de la esquina y se van a Buenos Aires regresando el jueves por la tarde.
En otra oportunidad en un acto eleccionario pretendió votar con el carnet de funcionario del telégrafo argumentando que había perdido la credencial, entablando una dura discusión con el encargado de mesa.
Cuando se casó el “Polo” Calabuig en la ciudad de Rocha no permitió que el “Pelotilla” llevara traje de baño argumentando que él le conseguía uno con el telegrafista de La Paloma. Lamentablemente era domingo y como “su” amigo no estaba, el “Pelotilla” causó sensación en el balneario al pasear por la costa de traje negro, descalzo y remangado con 35 grados de temperatura. Su amor por el deporte lo hizo transitar por varias instituciones a partir de su querido Wanders de la ciudad de Castillos.
En el Club San Vicente alternaba con “Placer” Dos Santos, “Tito” Fernández, el “Vasco” Lasa, el “Indio” Castillos el “Flaco” Clavero, para finalizar en el Nacional de Samuel.
Entusiasmo y cariño por una pasión futbolera que lo había contaminado desde muy joven y que prolongó hasta avanzada edad en la cancha de Los Ocalitos o el rectángulo de San Vicente en equipos de veteranos.
Don Aecio pertenece a un selecto grupo de personas comunes que abrazando la realidad social de aquellos años integró permanentemente todas las comisiones sociales, culturales y deportivas que buscaran un mejor destino para el desarrollo zonal.
Estuvo en las escuelas, en el hospital, en el liceo, en el deporte y cuando el paso del tiempo con sus efectos demoledores fue cambiando algunos valores ciudadanos el “Loco” Aecio se mantuvo inalterable con sus principios, rindiendo un culto a la amistad y aferrado a las cosas cotidianas de un hogar ejemplar.