No queremos entrar en el terreno de las comparaciones cuando en realidad los cambios nos vienen empujando en forma acelerada y todos opinamos distinto sobre el mismo tema.
Es curioso comprobar que ni siquiera los integrantes de una familia se ponen de acuerdo en el momento de analizar los pros y los contras de las distintas épocas vividas. Para muchos se vive mejor en la actualidad y se disfruta de los elementos que la ciencia y la tecnología han puesto a nuestro alcance. Para otros, antes se vivía mejor, no existía contaminación ni se hablaba de problemas ecológicos. La tercera edad no necesitaba lentes para leer ni escribir y como no había medios de comunicación se caminaba más.
Ahora nadie se mueve de su casa, el teléfono, Internet y en última instancia el automóvil nos hacen permanecer sentados durante todo el día. Antes se comía bien y se dormía mejor, libre de preocupaciones que conducen al insomnio. También nuestros antepasados disfrutaban de una excelente memoria para recordar fechas y acontecimientos que se registraron a principios de siglo. Es curioso constatar que estaban a la orden del día las carnes rojas y gordas, la fariña, los huevos fritos y algún vaso de vino o caña con pitanga. Era común que abuelos que superaban los 80 recordaran sin forzar la memoria a sus primeros maestros de la escuela 28. Sin mayores alardes pero con mucha convicción recordaban su primer empleo y el pago recibido, como así también los aniversarios de amigos y familiares o el resultado de alguna elección en la época de Herrera o Batlle y Ordóñez. El cuerpo no se cansaba y hasta se permitía alguna exageración en las lides campesinas o en algún trasnoche sin que por ello se resintiera la salud. Y aquellos hombres curtidos por los años demostraban siempre un gran sentido de la orientación aún en lugares desconocidos y tenían aptitudes personales que fueron muy bien utilizadas.Por eso en este desfile de estampas tradicionales recogemos un trabajo de Serafín J. García donde traza un perfil muy definido de los primeros gauchos y baqueanos de nuestra campaña.
El trabajo aludido fue publicado en 1957 por el Diario El País destacando la importancia de los baqueanos en la gesta libertadora. Señala el poeta olimareño que “Esto se explica perfectamente cuando analizamos la importancia muchas veces decisiva, que tenía para los ejércitos de aquella época el dominio del rumbo y la distancia, sobre todo durante las largas marchas nocturnas a través de inmensos campos despoblados, siempre iguales en apariencia lo cual tornaba sumamente difícil la empresa de arribar sin extravíos ni perdida de tiempo a la meta fijada de antemano. Por ese motivo para los caudillos revolucionarios de la época resultaba sumamente valioso el aporte de los baqueanos para señalar rumbos cuando no se disponía de puntos de referencia. Destacaba Serafín J. García que “estos baqueanos eran capaces de andar leguas y leguas sin desviarse un ápice de la dirección propuesta, llegando con pasmosa exactitud a las picadas que permitían franquear montes y arroyos por el único sitio posible sorteando diestramente las quebradas o sierras que pudieran significar un obstáculo insalvable y hasta calculando con justeza el tiempo que requerían esos desplazamientos.
Posteriormente y hasta el siglo 20 en que fueron desapareciendo estos hombres de gran capacidad de orientación, se fueron haciendo famosos por el coraje, la fidelidad y la destreza demostrada en diversas tareas camperas. De gran memoria visual los baqueanos sabían distinguir en un rápido vistazo y sin confundir imágenes, los árboles, las piedras, los senderos, los colores del campo y de los pájaros. Así eran los baqueanos de nuestra campaña, infalibles rumbeadores que sabían descifrar las señales que permanecían imperceptibles para los hombres comunes.
Chuy, junio de 2009.