¿Cuál podría ser la relación de los magníficos apuntes históricos de Plutarco, al comienzo del tiempo histórico que transitamos, con episodios repetitivos en nuestra bienamada y, a la vez, tan maltratada RODELÚ?
En “Vidas Paralelas” el escritor e historiador griego -nacido en el año 50 y fallecido alrededor del 120- se refiere al asesinato del emperador romano Cayo Julio César (año 100 al 44, anteriores al ciclo actual) cuando ascendía las escalinatas del Senado. A una señal convenida los conspiradores se abalanzarían sobre su víctima hincándole sus puñales. Brutus, su hijo adoptivo, participó del magnicidio. La postrer frase de César, tomada por el memorialista griego fue: “¿Y tu también, Brutus?”. William Shakespeare luego le daría extraordinario acento en su tragedia “Julio César” (escrita alrededor de 1599), la que siendo histórica, centra la atención sobre la amistad y la traición.
No menos significativa a la situación que expondré, tras estos prolegómenos, es el aserto de César: “La mujer de César no solo debe serlo, sino parecerlo”.
Vuelvo a retrotraerme en el tiempo. ¿Cómo surge tal sentencia? Su origen resulta risueño, más aún si el lector puede compararla con algún hecho de su conocimiento, de esos que no faltan.
Anotó Plutarco, oficiando casi como periodista palaciego o, acaso como remoto inspirador de Marcelo Tinelli, que el rico y elocuente Publio Clodio Pulcro estaba muy enamorado de Pompeya, la mujer de Cayo Julio César. Su delirio lo llevó a disfrazarse para asistir a una fiesta femenina en honor a una diosa. Lo hizo llevando una lira. Igual, llamó la atención. Lo descubrieron. Fue condenado bajo las acusaciones de engaño y sacrilegio.
Mas, Pompeya era inocente, haciendo diferencia notoria con un gobernante uruguayo y su dama, lo que prontamente se apreciará.
Lo cierto es que en aquella ocasión César, volteándose hacia su mujer, lanzó la frase inteligente que induce no solo a acreditar honestidad sino, además, a evidenciarla. Ser y parecerlo. Si no cabe la indignidad de un acto, es plausible sustentarlo exteriormente. Dos facetas íntimamente ligadas. Algo así, como la correspondencia de la sombra acompañando al cuerpo.
LA CLAUDICACIÓN COMO LEMA
En diciembre de 2011, bajo el subtítulo de este parágrafo y con la calificación de Nepotismo Frenteamplista, exhibí una ristra parcial -aunque impresionante- de acomodos interfamiliares de una corroída dirigencia que deshonra los principios fundacionales de la colectividad que condujera Líber Seregni.
El Cr. Danilo Astori, acostumbrado a la percepción parlamentaria de partidas para la sustentación de la “secretaría de sector” y a la suculenta para una “secretaría propia o personal” -fuera de los cargos “en comisión” y otros chiches agregados por “sueldo y gastos de representación”-, llevó a su pareja al Ministerio de Economía y Finanzas y, por la mano del Subsecretario de la cartera, la adscribió como funcionaria, con unos $45.174 nominales mensuales.
Cuando Astori intentaba crecer recostándose a Líber Seregni y crear un movimiento -al que se sumarían muchas personas de buena fe-, el conductor de la fuerza, en su testamento público, señaló: “La ética pública ha de ser correlativa de la privada. Mal podrá defender la integridad y la moralidad en el plano público quien carece de ella. Por otra parte, la actuación de cualquiera que realiza una función pública en nuestro país debe estar presidida por la idea de servicio de los intereses generales, que es el principal valor político.”
El profesor universitario -que pudo hacerse senador gracias a una irrepetible combinación política-, evidenció fuertes rasgos de personalismo y abandonó el discurso de cambios programáticos en las puertas del Fondo Monetario Internacional, tomado de la mano con Tabaré Vázquez. Se transformó en reputado defensor del “statu quo” y se volcó con su agrupación a un neo-monarquismo penoso.
¿Cuál?
Arrastra a sus parejas a secretarías y suplencias diputadiles, como pudo verse al inicio de la legislatura actual con la afortunada señora Claudia Hugo. Sus hojas de votación dan un acabado ejemplo de cómo baraja las líneas de titulares y suplentes. Baste citar a Carlos Baraibar (connotado viajero a costa del erario público), seguido de su mujer -Sara Rivero-, o a los dos hermanos Michelini, quienes hacen fila para conformar un preciso sistema hereditario. Una vergüenza del progresismo anti-republicano.
La postrer frase de Julio César “Y tu también, Brutus?” se vuelve contra el Cr. Danilo Astori.
Este ministro conservador luciría perfecto en la corte de Luis XV y Madame Pompadour, entre pelucas, fragancias, brocatos, sedas y ausencia de ideas germinales.
Mientras, la señora Hugo tendrá a resguardo su tocador. El sueldito ministerial le permitirá disponer de lociones Chanel. Pero, si no pudiera, con un empujoncito alcanzaría la muy soñada suplencia parlamentaria, que ya la exhibió en el inicio del período.
Cae por su peso. ¡No es la mujer del César, ni este novísimo César puede compadecerse con aquel!
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