Se ha dicho que el hogar oficia como la primera escuela del niño. No la única, por supuesto. El punto pone el acento sobre el papel -siempre relevante- de los padres y, en forma más genérica, de la familia.
La educación, los entornos parentales y sociales admiten un debate complejo, que lo hacen más intrincado cuando todos estos campos están asediados por fórmulas resecadas por el tiempo. Si no se advierten los estancamientos, las fallas y no se implementan métodos con renovaciones programáticas, se retrograda y se pierde una visión agiornada de un mundo revolucionado por las ciencias, las técnicas y el cuadro de las relaciones globalizadas.
Debe haber una mirada hacia el horizonte y formas particularizadas y finas de atender lo concerniente a la educación. Compete a las definiciones políticas y a las que se cruzan con los entornos pedagógicos. En esto hay que tener criterios de apertura y exigencia.
Pero sigue existiendo un requerimiento básico e ineludible. Refiere al trato que debe dispensarse al niño en el hogar de residencia.
El déficit formativo que han padecido muchos progenitores parece condenarlos a repetir, contra sus hijos, prácticas violentas, unas veces; humillantes otras o, ambas combinadas.
EL LEGADO DE JOSÉ PEDRO VARELA
En el siglo XXI el maltrato infantil supone una involución inaceptable. En 1855, en una nación con perfiles de primitivismo, el Dr. José Palomeque trazó un informe sobre las características de unas 30 escuelas que atendían casi 900 alumnos. Maestros sin formación, ausencia de textos y castigos en las aulas. En 1868 surge la Sociedad de Amigos de la Educación Popular. Aboga por un cambio sustancial y crea un centro modelo.
En 1876 adviene José Pedro Varela como Director de Instrucción Pública. Uno de los pivotes de su programa de cambios es asegurar los derechos infantiles. Impone la supresión del castigo escolar. No más golpes. No más humillaciones. Postula la conveniencia de la iniciación preescolar (1), pone en marcha la carrera magisterial y disemina centros para una educación igualitaria, obligatoria y laica. Inaugura una era.
Parece una contradicción muy grave, con antecedentes tan honrosos, que el bofetazo y la humillación del niño, especialmente en ámbitos de familia, tengan un curso actual. Equivalen a la palmeta de madera, al arrodillamiento sobre granos de maíz, a la mordaza y al sombrerete de tela con orejas de burro.
TRANSMISIÓN DE LAS ALTERACIONES EMOCIONALES
Muchas veces es dable apreciar en sitios públicos escenas de violencia verbal contra pequeños, tironeos bruscos, gritos y hasta expresiones despreciativas. Este disciplinamiento exaltado, seguramente, ha de tener mayores decibeles en ámbitos privados.
Estudios psicológicos confirman que el trato con ofuscación produce en la psiquis de los menores efectos similares a los hechos con violencia física. Propenden, asimismo, a dificultades en el aprendizaje. Generan otros males, al infiltrar en los patrones de conducta futura del niño lo que la modalidad intolerante de sus mayores les ha grabado en su cerebro.
El adulto debe entender que los recursos cognitivos de los niños no le permiten entender ciertas demandas de comportamiento por la simplísima razón de los niveles de experiencias bien diferenciados. El afecto y las explicaciones pausadas son llaves inductoras para que los menores encaminen sus pasos sin sobresaltos.
Aunque no será lo único que necesitarán.
NOTA:
(1) José Pedro Varela, en La Educación del Pueblo, plantea la creación de jardines de infantes -educación preescolar-, como puntales socializadores y creadores de hábitos para el mejor desarrollo de la personalidad del niño.
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