-I- ACCIONES LIBERTARIAS
En aquellas horas difíciles del Uruguay, en sus más diversos estratos sociales la ciudadanía anhelaba sacudir el yugo oprobioso de la dictadura cívico-militar. A la violación de los derechos fundamentales del hombre, se añadía una economía resquebrajada y el mayor descrédito político, en los planos interno y exterior.
¿Cómo apresurar su derrumbe, cómo reordenar las fuerzas opositoras y cómo encontrar las vías de salida? Ahí estaban las cuestiones de fondo.
Las caras de este poliedro resultarían incontables. Hay una sumatoria de esfuerzos -casi invisibles, los más-, aunque convergentes. Citaré uno de estos corpúsculos inherentes a la conciencia uruguaya.
En el barrio cooperativo de viviendas de Punta Gorda, situado a un costado de los Portones de Carrasco, entre las Avenidas Italia y Rivera, la gente -con su trabajo mancomunado y silencioso- había creado una nueva fisonomía urbana. Se trataba de unos quince agrupamientos arquitectónicos modernos. A su vez, la Asociación Cristiana del Este había reprogramado sus instalaciones, haciéndolas más funcionales para niños, adolescentes y adultos.
El anhelo de libertad de los nuevos pobladores comenzó a corporizarse. Primero, con una comisión clandestina -y por tal, restringida-, animadora de algunas reuniones vecinales informativas. Seguidamente, apoyando una recolección de firmas -puerta a puerta, cara a cara- para acompañar demandas de la Federación Uruguaya de Viviendas por Ayuda Mutua y, en una etapa de gestión más abierta, propiciando la participación en actos masivos. Entre otros, el que resguardara el arribo al puerto montevideano de Wilson Ferreira; la asistencia al mitin del Obelisco (“un río por la libertad”) o para formar parte de las columnas que colmaran la explanada del Palacio Legislativo, afirmando la carta por derechos y libertades del Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT).
LOS NIÑOS DEL EXILIO
En aquellas horas los uruguayos estábamos tocados por fuertes sentimientos humanistas. Se engarzaban en las tradiciones republicanas, el liberalismo de cuño progresista y las corrientes revolucionarias. La solidaridad fluía y se compartía con intensidad.
Quienes en el denominado “insilio” sorteábamos -con nuestros hijos y familiares- dificultades innúmeras, teníamos la aptitud comprender muy bien el drama de quienes se desparramaron por el mundo para salvar sus vidas, llevando a sus niños. La tragedia de las familias de los asesinados y desaparecidos, de los presos políticos y de sus entornos, de los destituidos y perseguidos tañía campanas de dolor. No hubo resignación ni conmiseración. La dignidad y la serena rebeldía formaban parte del gran ejército sin armas.
Cuando uruguayos radicados en Europa anunciaran, desde España, que un grupo de 154 niños y adolescentes, en vuelo especial viajarían solos a visitar a familiares y amistades, produjo una imagen de estremecimiento.
La aeronave -fletada con el apoyo del gobierno democrático español-, rasgaría las tinieblas del cielo patrio.
¡Al fin, gotas de almíbar sobre el amor sediento! Para unos y para todos. Abuelos, tíos, parientes, vecinos, tomarían en sus brazos aquellas presencias frágiles. Y todos asumiríamos, instantáneamente, el compromiso de ofrecerles nuestros gajos de ternura.
Sentíamos que eran hijos nuestros, como sus padres nuestros hermanos.
Todo esto viene a cuento porque aquella caravana de ómnibus, con los niños y jovencitos, pasó por frente a mi casa. El ventanal principal permitía ver un gran afiche de UNICEF, una guirnalda centelleante y un “¡Bienvenidos!”. Banderas, pancartas, pañuelos, aplausos, gritos y el murmullo colectivo enmarcaban la escena real.
Un joven, inquieto y ya experimentado cineasta sorianense, Pablo Martínez Pessi, es el director del filme -recientemente estrenado- cuyo título es “Tus Padres Volverán”. Recapitula sobre este suceso, con narración documental.
En la segunda parte de esta reflexión se hace necesario ir al encuentro de su propuesta.
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