Lo conocimos en la década del 60, haciéndole el “aguante” a los gurises de La Coronilla que transportaba diariamente al liceo de Chuy. Charlas interminables con el personal administrativo y las partidas de ajedrez en el OPEL, matizaban la espera. Allá por el 2.000, el periodista Gerardo Silva de ZONA CHUY, puso en marcha su grabador para rescatar recuerdos, vivencias y nostalgias que rodearon la vida de don Alvaro De León, desde el momento que vendió su camión para comprar un chevrolet 51, con berretines de ómnibus que los alumnos bautizaron como el “toro viudo”, porque no tenía “baca”.
Don Alvaro con sus 80 años, disfrutó del reportaje al ir rescatando momentos inolvidables de su trajinar diariamente durante 15 años entre La Coronilla y el liceo de Chuy. “De la muchachada de La Coronilla prácticamente no iba nadie al Liceo porque salía demasiado caro.
Entonces un señor Euclides Larrosa puso una camioneta trabajando un año y medio teniendo que abandonar porque perdía plata. Después un señor de Chuy, Estacio Rodriguez, se ocupo del traslado pero tampoco le fue bien. Ante el requerimiento de algunos padres me presente en la Intendencia planteando la posibilidad de que si lograba la autorización, yo pondría un ómnibus, teniendo en cuenta que habían dieciséis muchachos que querían estudiar.
Eso fue por el 61-62 aproximadamente. Era camionero de vialidad y tuve que comprar un ómnibus, que resultó un clavo. Era un chevrolet 51 que les llamaban bañadera, color marrón, pintado por mí, color fondo anti óxido. A la semana de comenzar los viajes, los muchachos de Chuy la bautizaron: “el toro viudo” porque no tenía baca.
El viaje demoraba una hora. Cabe señalar que muchos estudiantes culminaron sus estudios por la actitud solidaria de don Alvaro, que mantuvo siempre el ómnibus de “puertas abiertas” para todo el estudiantado. “Recordamos a Mireya Noguera que no quería ir a estudiar porque tenía 20 años y era una señorita.
Yo la incentivé para que estudiara, logré convencerla y se recibió de maestra. Hubo estudiantes muy buenos, por ejemplo Alberto Zechi, que es ingeniero, Noé Vega que es arquitecto, el “Pichón” Carlos Julio Rodriguez que es veterinario, Esther Noguera que es maestra, Mary Nuñez esposa de Hugo Mena profesora del liceo, Alvarito (su hijo) que es médico, Delfina Pérez que es neuróloga y alguno más que no recordamos”.
Refiriéndose a los mas “picaros” o “nerviosos” a don Alvaro se le escapa una sonrisa al señalar que “habían varias categorías de “bandidos” o “inquietos”, que no eran más de cinco, pero que llegado el momento te contagiaban a los restantes. De los más “bandidos” sin dudas el “Nano” Max Vogler y el “Cazón” Roberto Martínez, que jugaba muy bien al fútbol llegando al profesionalismo.
Los Carrasco que eran dos hermanos, uno era de campaña y tenía problemas conmigo, con los muchachos en el ómnibus, con los profesores en el liceo, peleándose con todos, necesitaba custodia policial. Nunca dejé de llevar a nadie porque no me pagara. Nadie se quedó sin estudiar por falta de plata.
El “Nano” y el “Cazón” casi siempre estaban suspendidos y se iban a dedo. Pero eran de buen corazón, buenos amigos, nada más que un poco inquietos. En aquella época en el liceo había un plan piloto y las clases del turno vespertino eran de 13:30 a 19:15 y el viaje demoraba una hora. Las rutas eran muy malas, todavía no estaba la ruta nueva. Era un infierno ir al Chuy en aquella época.
Yo me pasaba la tarde en Chuy y jugaba al ajedrez. Un día entre al bar OPEL y pregunte qué hacía por allí donde estaba la estufa, un tablero de ajedrez y nadie jugaba. Comenzamos a jugar y apareció gente que le empezó a gustar, entre los que recordamos a Ambrosio Lima, el Mimo Arrieche, los Eguren Walter y Tabaré, el Pocho Bobadilla y algunos otros.
Al poco tiempo todos querían ganarme. Al final el ajedrez se hizo tan popular, que también los árabes de enfrente empezaron a jugar”. Recuerda finalmente don Alvaro que el ómnibus nunca fue un buen negocio, puesto que cobraba la mitad de lo que salía viajar en ONDA, y el que no tenía esa mitad viajaba igual.