El hojeo del mundo de las noticias, que casi como un acto automático hago cada mañana con el desayuno y el cepillo dental, me llevó a Italia.
Y particularmente, me condujo a una nota del periodista Valentín Trujillo (1).
Con gran sensibilidad indica que la obra de Ettore Scola “obliga a mirar su cine y a emocionarse hasta el llanto”.
Pertenezco a la legión de cinéfilos que fuimos apreciando la evolución y las complementariedades de un medio de entretenimiento de masas, que iba mutando por variados caminos, asumiendo la difusión de noticias, el documental y la propaganda, con la comedia, la acción o el suspenso. Maestros de la escena y la dirección estaban creando el séptimo arte.
Ha escrito acertadamente Trujillo: “ Películas de muchos países tienen la cualidad de emocionar hasta el llanto. Pero ningunas como las italianas. ¿Por qué tocan más la fibra íntima? ¿Por qué tienen la cualidad de llegar hasta las entrañas? ¿Por qué es imposible no llorar con el final de Ladrones de bicicletas? ¿Por qué sigue trancándose la garganta en el final de Los inútiles? ¿Cómo no lagrimear con el final de Cinema Paradiso?
Nombres como los de Vittorio De Sica, Federico Fellini y Giuseppe Tornatore son los responsables de estos tres llantos, inmensos, hondos, que se mantienen en el recuerdo y, como una paradoja griega, a pesar de la tristeza infinita que retratan, nos producen otra tal infinita felicidad: de estar vivos, de estar en el mundo, de poder haber sentido una migaja de lo que muestran, de aceptar la tragedia de la existencia, de sentir en esos golpes visuales la encarnadura del destino.”
La reciente muerte de Ettore Scola provoca que tengamos que abrevar de nuevo en su cine. Heredero de los grandes maestros del neorrealismo, Scola modeló su estilo en base a la cita, al homenaje, al guiño, a la parodia y la reiteración de símbolos anteriores de manera muy personal.”
Había nacido en Trevico, cerca de Nápoles, en 1931. Cursó estudios universitarios de abogacía, aunque desde 1950 comenzaría a oficiar como guionista.
Bajo su dirección se alistaron Marcello Mastroianni, Vittorio Gassman, Sophia Loren, Stefania Sandrelli, Nino Manfredi.
Más de 40 títulos integran su filmografía, incluyendo algunos documentales. De 1964 es Hablemos de Mujeres; Nos Habíamos Amado Tanto, de 1974; Una Jornada Particular, de 1977; La Familia, de 1987; Otro Mundo es Posible, de 2001; ¡Qué Extraño Llamarse Federico!, de 2013. Se trata de un homenaje a su gran amigo Federico Fellini.
Paolo Mereghetti -crítico de cine televisivo y de Il Corriere della Sera- comentó que Scola era “el más político de los maestros de la comedia italiana”, agregando que "entendía hacia dónde se dirigía Italia, siendo pocos los cineastas que tuvieron tal lucidez".
Es posible que, por una visión comprometida con su tiempo, Ettore Scola fuera ministro de Cultura del “gabinete en la sombra”, formado en 1989, por el PCI.
Fue galardonado como Caballero de la Gran Cruz de la Orden al Mérito de la República Italiana y con Medalla de Oro por su acción en favor de la Cultura y el Arte.
El ministro italiano de cultura, Dario Franceschini, lo distinguió como un "gran maestro, hombre extraordinario, joven hasta el último día de su vida".
El actor Alessandro Gassman, hijo de Vittorio, parafraseando uno de los filmes memorables, escribió: “¡Adiós Ettore, te habíamos amado tanto!"
Su estela será perdurable.
NOTA
(1): Los dueños de las lágrimas - El Observador - 23.01.2016