NACE EL NUEVO CREADOR
En Poeta en Nueva York, así como en la elegía Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, se revela en Federico García Lorca la maestría de una poesía que rompiendo fórmulas anteriores, es capaz de navegar por la técnica del surrealismo, condensando los aires del romance, los acentos del gongorismo y la esencia de la pena flamenca. Lo nuevo no viene de la nada. Se crea a partir de los tesoros de la lengua adquiridos y de las ansias de buscar la belleza expresiva en nuevos odres.
Antes de revelar los fundamentos de la generalización precedente, apelando a la toma de algunos ejemplos concretos, importa describir el momento en que está inscripto el autor, atendiendo su personalísimo estado de ánimo y otras circunstancias que lo flanquean, referidas al mundo y a España.
Su país, tras la pérdida de su última posesión colonial en América -la isla de Cuba-, se fue deslizando hacia un sistema opresivo militar. La dictadura del general Miguel Primo de Rivera -iniciada en septiembre de 1923- levantaba voces de resistencia. FGL había adherido con notoriedad a la fuerza opositora. Sus actividades públicas habían caído bajo la presión autoritaria.
Su vida íntima, resguardada en reserva, lo compungía por pérdidas sentimentales. Su homosexualidad era entendida por sus amigos, lo que no evitaba los rumores del crudo machismo de la época. Sentía que sus fueros estaban invadidos.
Esa tensión acumulada encontraría una oportuna válvula de escape. Fue el viaje a Nueva York.
NUEVA YORK ABRE SUS BRAZOS
Aceptando la sugerencia de su profesor y amigo, el Dr. Fernando de los Ríos, partió para Nueva York. Con su antiguo maestro lo hacen en el transatlántico Olimpia -nave hermana del lujoso Titanic-, llegando a puerto el 26 de junio de 1929. La Estatua de la Libertad les abría los brazos con una cara no imaginada. Nada europea, nada soviética, nada asiática.
La estancia fue de nueve meses (hasta marzo de 1930), tiempo que consume entre N.Y. y Vermont. Quiso llegar a Cuba, donde permaneció hasta junio. Resumió los itinerarios como “una de las experiencias más útiles de mi vida”.
Nueva York lo recibió como una ciudad conmovedora, con una apabullante carga de historias relevantes. Cuando en 1524 el navegante italiano Verrazzano (1485-1528) tocó sus costas, las márgenes del río Hudson y la bahía se poblaban con apenas unos 5.000 aborígenes.
Al tiempo de arribo del poeta la densidad tocaba casi los 7 millones de habitantes. Verdadero "crisol de razas”, según la expresión acuñada por Israel Zangwill. A los primeros contingentes de italianos se le agregarían los de polacos y rusos y, ya en el siglo XIX, vendrían afroamericanos, portorriqueños y judíos, todos buscando asentamientos y trabajos. Nacían barrios abigarrados. Las industrias llamaban. La arquitectura tuvo que alzarse en audaces plantas horizontales. La altura minimizaba al hombre; las máquinas y los automotores atronaban en el hormiguero humano modernista.
En 1919 estallaron huelgas, entre otras, portuarias, de bomberos y artistas. La inflación derretía los salarios. En 1920 una bomba detonó en J. P. Morgan Inc., corazón de Wall Street. 38 muertos. 200 heridos.
En el barrio negro de Harlem los bares entraron bajo control de las mafias judía e italiana. Gangsters disponían de la producción y venta de alcohol. En la cara oculta y sucia de la ciudad gobernaba el mafioso Lucky Luciano.
ENTRE LA LUZ Y LAS TORMENTAS
La economía generó un gran centro financiero. Se fundaron las primeras agencias de noticias y los diarios en formato tabloid. Las radios, que ya en los 30 formarían las Cadenas CBS y NBC. Museos, impulsores del arte nuevo. Enormes salas para espectáculos, estudios cinematográficos, espacios de teatro, danza y música. Broadway creció y se hizo leyenda. Todo esto no pudo menos que deslumbrar al visitante español. Y, en un cóctel casi extraño, lo apesadumbró y, a la vez, lo liberó, asumiendo su condición sexual. Lo revela su intrincada poesía, agitadora del género.
Estudió, hizo amigos, ofreció conferencias.
Asistió a teatros oyendo la lengua que comenzaba a hablar. Descubrió el cine sonoro. Seguramente se maravilló con El Cantor de Jazz, interpretado por Al Jolson. Paseó por Harlem con la escritora negra Nella Larse.
No pudo desconocer Greenwich Village, barrio situado al oeste de Manhattan, alineado por el río Hudson y la avenida Broadway. Sus calles contuvieron los pasos de intelectuales como Washington Irving, Mark Twain, Henry James, Edgar Allan Poe, Edward Hopper, Eugene O'Neill, Walt Whitman, E. E. Cummings, Dylan Thomas o los del memorialista de Diez Días que Conmovieron al Mundo, John Reed, y su mujer, la feminista Louise Bryant. Con este friso, surgían y convivían corrientes diversas en la cultura; tendencias experimentales en teatro, la música y el ballet. Allí la homosexualidad no precisaba del ocultamiento. La pluma de FGL ensanchó sus horizontes, liberada.
Presenció el estallido financiero de Wall Street. El trágico jueves del 24 de octubre de 1929. Fue testigo de un derrumbe histórico. Vio a la gente desposeída y sufriente. Las filas de desocupados esperando algún alimento. Y, a lo ya escrito, agregó mas notas.
La ciudad había parido en letras algo distinto. Se llamaría Poeta en Nueva York. ¡A su encuentro iremos!