Un viejo libro que pertenecía a don Gregorio “COCO” García nos llegó accidentalmente hace algunos años, con el compromiso expreso de ir difundiendo su contenido histórico cuando las circunstancias lo determinaran.
Se llama Santa Teresa de Rocha y fue escrito por el investigador y periodista Miguel Víctor Martínez en el año 1936, recogiendo vivencias de un viaje realizado en aquella oportunidad al norte rochense. Le correspondió a este destacado viajero rescatar múltiples vivencias y testimonios de quienes habitaban esta región desconocida y casi inaccesible en los albores del siglo 20.
Es posible que la curiosidad por lo desconocido le dio el impulso necesario para llegar hasta esta línea divisoria y conocer de primera mano las características regionales y las costumbres del hombre fronterizo. El hecho de utilizar el caballo para la travesía le facilito el contacto personal, recorriendo, mirando y registrando las vivencias y testimonios de aquellos habitantes. Su épico viaje a Chuy y San Miguel le proporcionaron el material suficiente para registrar en forma magistral los acontecimientos que dieron vida posteriormente a SANTA TERESA de ROCHA.
El prologo de Martínez está dedicado a Horacio Arredondo y se reflejan en el mismo distintas sensaciones que pasan por la admiración y el reconocimiento por la obra realizada en los Parques Nacionales, señalando que “era una cosa perdida y olvidada esta Fortaleza cuando tendiste el arco de tu voluntad sobre sus muros para arrebatarla de la mutilación”. Detalla luego la ubicación estratégica de la fortificación y los distintos baluartes, señalando que “sus amplios muros guarnecidos de almenas, sobre los cuales la luz de las horas aplica tonos broncíneos, azules, ocres y dorados. El baluarte de San Luis que mira al norte, hacia la Llanada y hacia el puerto de La Coronilla, y el baluarte de San Clemente, que mira al este, hacia la punta del Barco y hacia el océano, levantan sus quillas pétreas en una firme acción no alterada, como otrora, por las olas de arena que el viento iba amontonando a sus pies y que hubieran subido para cubrir los restos del monumento en un sudario de partículas salitrosas en concreción. Pero tú detuviste esa fuerza de rocas traídas por las fuerzas del mar. Y ahora, el viajero que por primera vez cruza por esta zona, logra divisar a la distancia, desde la vuelta de aquel cerro que se levanta frente a la estancia de Rivero, la línea adusta del Fuerte. Sin embargo no limitaste tu esfuerzo a la restauración de la Fortaleza. Sentiste otra inquietud. Quisiste que sobre esta tierra áspera, encerrada entre el mar y los bañados, se levantase también, cerca de la monumental obra de piedra, el verde fresco de las plantaciones. Y levantaste más de un millón de árboles. Nadie podrá medir con exactitud tu esfuerzo en los diseños preliminares de este inmenso parque en formación. Nade logrará abarcar la síntesis de tus grandes entusiasmos y también de tus grandes dolores en el ajuste de esta obra exclusivamente tuya, cuya imponente belleza definitiva no alcanzarán a ver tus pupilas, porque la vida humana corre más a prisa que este lento crecer del vegetal sobre arenas ya fertilizadas y fijas”.
En la parte final del prólogo Martínez se dirige a Don Horacio en un tuteo casi religioso “Tú eres el Señor de este Parque y eres también su esclavo, porque no es posible poseerlo, sin ser al mismo tiempo su esclavo absoluto. Estos árboles son tu posesión y tu cárcel. Tú vida está concretada a estas limitaciones verdes. Nunca más podrás salir de sus lindes, porque los demás horizontes del mundo no tienen sentido cabal para ti. Yo sé que quisieras abrigar la certidumbre anticipada de reposar para siempre, llegada la hora, junto a estos árboles queridos. ¡Y QUE BIEN REPOSARÍAS, HORACIO ARREDONDO, AL PIÉ DE UNA ACACIA FLORIDA, O DE UN ALTO PINO CORPULENTO, BAJO EL MANTO DE LAS HOJAS…
Chuy, 15 noviembre de 2009