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Por Walter Celina - 15 de Julio 2016
UNA ESQUINA DISTINTA


Cada esquina conserva una historia o muchas y, cualquiera de nosotros, de seguro, es parte de ese entrecruzamiento de vivencias. Es propiedad de los recuerdos hacer latir la memoria.
Los poetas populares y, entre los grandes del Plata, Jorge Luís Borges, tienen el mérito enorme de no haberlas dejado caer en el vacío del tiempo.

El viejo Barrio Sur de Montevideo, extendido desde Andes a Ejido, siempre abierto a los vientos que vienen desde el río como mar, sin embargo tiene una de esas intersecciones que agita intensidades dramáticas y puntos de tragedia. Convoca a no olvidar.
En Maldonado y Paraguay operó, bajo el régimen cívico-militar y hasta 1985, la Dirección Nacional de Información e Inteligencia. Fue un centro de apremios físicos y psicológicos para detenidos políticos. Una sede de torturas dirigida por el Inspector Víctor Castiglioni.

No es lo mismo acceder a un relato de la historia que haberla vivido, en las circunstancias procelosas en que para recuperar la democracia había que jugarse por las ideas, poniendo como garantía el propio pellejo.
Por allí desfilaron cientos y cientos de ciudadanos recibiendo tratos crueles e inhumanos. Conocí a muchos de estos hombres. Compañeros íntegros.

Por allí también me tocó pasar, tras un allanamiento a la Asociación de la Prensa, que me implicó en desacato a las Medidas Prontas de Seguridad como promotor de un encuentro con Inspectores y Supervisores de la entidad pública en que trabajaba.
Asumí el riesgo de presentarme al requerimiento con búsqueda en marcha, aún pesando sobre mi la circunstancia de misiones clandestinas como militante comunista.

Si me ocultaba, los perros de caza estarían sobre mi. Me constituí en el tenebroso local de Maldonado y Paraguay, previa concertación de día y hora con el Comisario (¿Eduardo o José Luis?) Tellechea. Se labró un acta, sin haber sido objeto de los apremios que, sabía muy bien, estaban ocurriendo en la dependencia. El Inspector Víctor Castiglioni resolvió mi internación en el Cilindro Municipal, la que aún, “respetuosamente”, me permití recusar en el sitio.

Una historia, para una estrategia por las libertades democráticas, aprendida de auténticos batllistas de mi familia y de las precauciones y audacias aconsejadas por mi amigo político Rodney Arismendi, que por esos días estaba preso.
Vuelvo a una poesía dura, de lágrimas mordidas, fundada por la calidez de Mario Benedetti.

Fragmento de Hombre Preso que Mira a su Hijo:

“…Por eso no te oculto que me dieron picana/ que casi me revientan los riñones/ todas estas llagas, hinchazones y heridas/ que tus ojos redondos/ miran hipnotizados/ son durísimos golpes/ son botas en la cara/ demasiado dolor para que te lo oculte/ demasiado suplicio para que se me borre.-

Pero también es bueno que conozcas/ que tu viejo calló/ o puteó como un loco/ que es una linda forma de callar.-

Que tu viejo olvidó todos los números/ (por eso no podría ayudarte en las tablas)/ y por lo tanto todos los teléfonos. Y las calles y el color de los ojos/ y los cabellos y las cicatrices/ y en qué esquina/ en qué bar/ qué parada/ qué casa.-

Y acordarse de vos/ de tu carita/ lo ayudaba a callar.-
Una cosa es morirse de dolor/ y otra cosa es morirse de vergüenza.-
Por eso ahora/ me podés preguntar/ y sobre todo/ puedo yo responder.-
Uno no siempre hace lo que quiere/ pero tiene el derecho de no hacer/ lo que no quiere.-

Llora nomás botija/ son macanas/ que los hombres no lloran/ aquí lloramos todos. Gritamos, berreamos, moqueamos, chillamos, maldecimos/ porque es mejor llorar que traicionar/ porque es mejor llorar que traicionarse.-

Llorá/ pero no olvides.”

Desde el 20 de julio de 2016, en el frente del cubo de ladrillo y cemento de Maldonado y Paraguay, una placa recordará que allí existió un centro de suplicios.-