Nadie mejor que Nacho Suarez para sentir el viento del pueblo, “que gime y sopla como en un cuento, como en un sueño, araña el aire y se deja llevar, para pintar con lápices de viento los paisajes que rodean el Fortín, el Picudo y la sierra que es la madre de todos los vientos. Lo hablamos en las noches del vino, del viento lejano y la poesía, bajo candiles o faroles oscuros”. Nadie mejor que Nacho para jugar en serio con palabras petrificadas por los años y el viento, que se transforman en poesía cuando ingresan a las cocinas de “barro y totora” o los boliches ciudadanos que vieron un día a los artesanos del “Coco” García levantar nuevamente las paredes del Fuerte.
/ A Mariquita, su compañera y al pintor Juan Mastromateo /
Hay una piedra redonda allá en San Miguel del aire. Una piedra que se parece a un mundo y en la piedra / hay, todavía / una oquedad como una luna azulazul de agua. Barquitos de papel de niño que navega bajo la cruz de sur, allá en el este, rodeado el barco de estrellitas y bengalas. Y, al final- siempre igual- se refleja la imagen de una niña de cabello negro-desnuda, angelical y sensual –claritamente clara: -Esa cosita, Nacho, que tienen-ayer Onetti lo decía-las muchachas.
Cuanto su pintura sin pintar ya manchaba sus párpados caídos, su palpitante corazón, atento a sus silencios de gurí diferente / ché, botija / del rancho en la ladera de la sierra, roto, el de la frente como corteza costanera de pensar las cosas, el de los ojos miradores, como ajenos, que encuentran en el fondo del espejo- o agua- al otro Manolo / el que soñaba / su ser espiritual más viejo que sus años. Más joven, Matungo, que su edad.
Sopla. Gime el viento del pueblo. Gime. Sopla como en un cuento. Como en un sueño. Araña el aire. Sopla con colores y el gurí dibuja al viento, con lápices de viento, en medio de la calle. Pierde la gastita alpargata rueda (azul) y en el papel de astraza del almacén, insiste en dibujar los más íntimos colores del viento. El que se descubre por vez primera, tan triste que le arrebata el dibujo, aventándolo para el lado del parador, del fortín, del cerro picudo, es decir para aquel lado…Para la sierra que es la madre de todos los vientos del pueblo, del mundo…
Así es San Miguel y el niño lo sabía. Lo hablábamos en las noches del vino, del viento más lejano y la poesía. Una leve llovizna grisazul, atangada, de melancolía montevideana se ganaba en nuestra memoria común de ranchos y muchachas, cuando agonizaban los días con sus violáceos crepúsculos de otras aguas o resacas - acá, en este lugar del sur, del mar que no es la mar - y la tristeza.
Y, nuevamente, bajo candiles o faroles oscuros, Manolo Lima,el gurí raro, se escapaba de las penumbrosas cocinas de barro y de totora, sobre la grasa de los azules hules, y en dibujos de la escuela, escaleras, mujeres, caracolas, girasoles y barcos- tal vez torresgarcianos sin saberlo –peces y soles para alumbrar el humo de niño pobre. Humo que queda en la piel y para siempre. O en los ojos de tanto y tanto mirar la soledad.
Hablo de los viejos boliches ciudadanos. Su ser de luz, farito humilde y sabio, entre ruedas de amigos y de copas. Sus obras para pagar la vuelta, o volver por los ojos hasta su San Miguel del aire, donde había dejado con dibujos y grasa y sus manos de tierra, atado a su papel, al viento…
Pero hoy, che, Matungo, que no estás, digo, que estás, pero que no te veo, ni nada… Yo sé que vuelves a buscarla. Lo sé en esas noches azules, rochenses, fronterizas, estrelladas. Yo sé que vuelves para ver en el fondo de tu roca ahuecada, de tu esférica roca, desde tu luna de agua, los ojos suaves como de pana o pena, negros y enternecidos de la niña aquella de tu infancia. Mi amigo de los pinos y los trinos, susurran aún en tu voz, tabaco y caña. Y recuerdo tu cara / tierra que habla / y tus manos de raíces como alas. Mariposas de luz, arcoíris del alma. Entre varios temas nos detenemos en el AIRE DE MI PUEBLO, que fuera musicalizado y cantado por Enrique Rodríguez Viera evocando “el aire dulce de mi pueblo” frente a la panadería de Juan Lasa.
EL AIRE DE MI PUEBLO.
De las manos de Juan
Nacía el milagro del pan dorado
Y medias lunas tibias.
El mundo era un pan tibio
Recién hecho en la panadería de Juan Lasa.
EL DESIERTO ROJO
Camina entre los barcos
que cruzan las ventanas
en el aire amarillo letal
de puerto envenenado
de una tierra oxidada
de pájaros cansados
soñándose una niña
en aguas transparentes
y de arenas rosadas
donde las piedras cantan
donde todo cantaba.
-Y dónde está mi vida?
Pregunta hacia la cámara.
-En todo lo que pasa…
Contestaba.
-Hay algo horrible aquí
En la realidad. No se
cómo se llama…
Mónica Vitti camina
entre los blancos azules
y rojos de los barcos.
Ellos cruzan lentamente
las ventanas.
Ignacio Suárez