Se sienta en el fondo del bar, es domingo por la tarde. El muchacho tiene cara de mal dormido, acomoda el sombrero que lo avergüenza en público y comienza a escribir en un cuaderno viejo. Un café pequeño es suficiente para disparar recuerdos e ideas, tan mal no anda. Cuando completa todas las hojas, paga y mira a través de la ventana. Se pregunta si llevar las páginas a alguna editorial o guardarlo en su baúl indefinidamente. El negocio de los viejos anda bien, la gente del barrio hace cola en busca de precios que los ayuden a llegar a fin de mes.
El almacén era del abuelo y ahora, seguramente, será heredado por Sergito cuando los viejos no estén. Tienen casa propia, casa en la costa y están a punto de cambiar el cero kilómetro. Papá corta fiambres a gran velocidad y va encimando feta por feta sobre un papel color gris claro con que las envuelve poniéndole el precio con birome. Por las noches, Sergito asalta el negocio y se roba dos o tres hojas de esas, a espaldas de los viejos. Y sale disparado a su habitación para llenarlos de palabras, oraciones, ideas y cuentos. Sabe que el mostrador no es ni será lo suyo. Mabi está enamorada de un chico dos años mayor que ella.
Está a punto de recibirse de bachiller. Tiene tanto para decirle a su enamorado que no sabe cómo. Desconfía de las redes sociales y de esos chats telefónicos gratuitos tan de moda porque cree que las frases pierden fuerza al chocar contra los satélites y las antenas. Una tarde, Mavi dispone de una hoja de carpeta lisa. Comienza por el centro y su texto va dando vueltas como un caracol.
A veces, debe achicar las letritas por si no alcanza tan poca hoja para tanto que decirle a su novio. Ya no hay velas ni lámparas de kerosene. Ya no se usan los veladores sobre la mesa de la cocina. Tampoco, las largas horas nocturnas en la biblioteca donde debe haber silencio. El insomnio ya no tiene como cura la televisión. Es sólo levantarse, ir hasta el baño y en el trayecto, encender la tecla ON para que la pantalla le devuelva a uno un brillo apagado en la cara y la hoja en blanco. Muchas veces, el método no resulta contra los insomnios. Y ayuda a despertarse aún más. Hasta para eso es bueno ponerse a escribir.
Martes, 15 de octubre de 2013
POETAS
Las películas muestran a poetas inspirados, al borde de algún lago o bajo un sol brillante. También, encerrados en un lóbrego cuarto, sentado en alguna mesa despojada y gris. Siempre quise saber si vivían de esas letras encolumnadas. Me costó comprender que cualquier mortal a quien se le entienda y que tenga algo para decir pudiera escribir, aunque para comer trabajara en otros oficios. Cuando la palabra escrita llega al corazón, no hay caso, se queda para siempre. Y siempre se hará lo posible para darla a conocer o para que sirva de refugio.
Tuve oportunidad de conocer y trabajar con tipos que hubieran dado cualquier cosa por vivir de las letras. Ninguno de ellos –anónimos o muy conocidos - pudo parar la olla ni con sus poesías escritas en bares u hoteles lujosos. Es posible que sigan esperanzados pero mientras tanto seguirán pagando sus cuentas, ejerciendo el oficio de periodistas, de prenseros o pizzeros. Alguna vez fantaseé con ganarme la vida con una máquina de escribir pero no me dejo llevar por excesivas ilusiones. No tengo tiempo pero sí mucho trabajo. O quizás algún día, cansado ya de esperar esa señal, vuelva a las columnas mensuales del debe y el haber.
El autor de estas letras se llama JORGE TUNNER (argentino) . Lo descubrió de casualidad Carlos Castillos, escuchando radio en viaje de Rocha a Montevideo.