UNA PRESENTACIÓN INOLVIDABLE
Quien bastante ha vivido, bastante puede contar. Al menos si no se ha marginado de una vida activa. Como cada cual, también hice mis opciones. Los ideales generan objetivos y aunque los caminos se obstruyan, se cierren, la brega por una humanidad mejor induce a mantenerse en pie. La marcha prosigue y se nutre de ejemplos.
Comenzaré diciendo que hace pocos años encontré un disco de vinilo, grabado en Montevideo, en formato mediano y en 33 revoluciones. Muchos amigos lo han visto apartado en mi discoteca. Se sostiene en solitario por una enseñanza recibida, muy mía y emocional.
Si la memoria no me es infiel, su contenido data de 1963, cuando el poeta ibérico Marcos Ana llegó hasta la sede del Partido Comunista por invitación de Rodney Arismendi. Mi entrañable amigo mercedario, Hugo Ibarburu, me lo presentó en un atardecer de otoño, momentos previos a su conferencia y difusión de poesías.
¿Qué versos? Los de un manojo de sencillos y breves textos de un condenado a muerte, traspasando las rejas carcelarias del Generalísimo Francisco Franco.
El partido al que pertenecí educó fuertemente en la resistencia de sus militantes allí donde el fascismo existiera. Arimendi, habitualmente evocaba al patriota checo Julio Fucìk, al político búlgaro Jorge Dimitrov y, ahora, ponía en escena a un hombre de carne y hueso: Marcos Ana; quien acaba de fallecer.
TRAZOS DE “EL PAÍS” DE MADRID
En una fulgente página Rafael Fraguas, en “El País”, de Madrid (1), revela el carácter del gran militante republicano. Me detengo en estas facetas biográficas: “El poeta comunista Marcos Ana, nacido Fernando Macarro, encarnaba el compromiso de tres generaciones de español@s antifascistas en la lucha a vida o muerte contra el franquismo, por las libertades y por la democracia.
Había nacido hace 96 años en el pueblecito salmantino de San Vicente de Alconada. Su familia de jornaleros se establecería posteriormente en Alcalá de Henares. Allí, en los albores de la Guerra Civil, asistió a un mitin del dirigente Federico Melchor (quien posteriormente dirigiría el periódico Mundo Obrero). Aquel acto político impactó de tal manera sobre su sensibilidad, a la sazón casi infantil, que decidió ardientemente incorporarse a la lucha en defensa de la República desde las filas sindicales y luego del PCE. Para ello tuvo que sortear muchos controles que le impedían tanta precocidad militante. No sería la primera vez que su ardor combativo le llevó a falsear su edad temprana.
Una vez desencadenada la guerra, al extenderse el levantamiento faccioso de los generales africanistas Emilio Mola y Francisco Franco, en julio de 1936 -con el apoyo militar de Adolf Hitler y de Benito Mussolini, la neutralidad británica y francesa, la financiación de la oligarquía rural y ganadera española y la aquiescencia de la jerarquía eclesiástica-, Fernando asistiría a un episodio atroz. Sin haber abandonado todavía de la adolescencia, a la salida de un cinematógrafo, un bombardeo de la aviación nazi descargó sorpresivamente su ajuar letal sobre la ciudad alcalaína. A toda prisa y con otros muchachos, acudió a los lugares más castigados a socorrer a las víctimas: allí, entre escombros, halló el cadáver ensangrentado y horrorosamente mutilado de su propio padre, Marcos Macarro, cuyo nombre, como el de su madre, Ana -muerta en 1943 en medio de grandes penalidades-, su atribulado hijo adoptó tras aquel trance.”
El joven Marcos Ana marcha a la sierra madrileña, alistándose como miliciano en el frente que detendrá a los falangistas hasta 1939. Al terminar la guerra cuenta con 19 años. Denunciado por una vecina de Alcalá iniciará una horrenda incursión de 23 años por cárceles del régimen del Generalísimo Franco. Ni las torturas, ni el hambre, ni el tiempo fueron suficientes para doblegarlo.
En otro pasaje, relata el periodista Fraguas: “En prisión, Marcos Ana desarrolló su escritura, en clave poética, nutrida por la sobrehumana experiencia diaria y nocturna, durante varios años, de resistir sin quiebre ni debilidad alguna la espera de la llamada ronca del carcelero para comparecer ante el pelotón de fusilamiento. Centenares de compañeros suyos perecieron así.
Prosigue: “El poeta, que coincidió unas semanas en una prisión madrileña con el gran vate Miguel Hernández -allí también retratado por el dramaturgo Antonio Buero Vallejo-, dotó a sus versos de una fuerza inigualada, de un realismo vivaz, bellamente sincero, bañado de una esperanza titánica y deslumbrante, esmaltada por un anhelo grandioso de libertad para España toda, por una sed insaciada de democracia, de racionalidad y de benevolencia.”
Anota el relator que, al salir de la cárcel “…una mujer de la vida le enseña dulcemente cómo hacer el amor. Y llora por su ignorancia amatoria. Viaja a Francia y comienza a vertebrar, con Angelita Grimau, viuda de Julián Grimau, fusilado por Franco en 1963, una organización de denuncia antifranquista (presidida por el pintor Pablo Picasso - WEC) para recabar la solidaridad mundial hacia los presos políticos.”
Luego: “Contacta con los principales dirigentes antifascistas, intelectuales y políticos del mundo, desde el chileno -y español por cordialidad-, Pablo Neruda a la activista estadounidense de color, Ángela Davis, o el líder surafricano Nelson Mandela. Demanda su solidaridad y la consigue.”
DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL
Aún dentro de su cruento padecimiento, en el interior del preso político florecen estrofas tiernas, que en este fragmento interrogan:
“Decidme cómo es un árbol,/ contadme el canto de un río/ cuando se cubre de pájaros,/ habladme del mar,/ habladme del olor ancho del campo/ de las estrellas, del aire./
Recitadme un horizonte sin cerradura/ y sin llave como la choza de un pobre,/ decidme cómo es el beso de una mujer,/ dadme el nombre del amor/ no lo recuerdo./
¿Aún las noches se perfuman de enamorados/ tiemblos de pasión bajo la luna/ o solo queda esta fosa,/ la luz de una cerradura/ y la canción de mi rosa?”
NOTA
(1): Edición del 26.11.2016.