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Por Walter Celina - 5 de Diciembre 2016
TANGOCULTURA - CUQUE IDENTIFICA AL MACHO PERDONADOR


Jorge Sclavo, Cuque, fue un agudo y coloquial humorista, que hizo sonreír y pensar a auditores y lectores, en una actividad persistente y combinada en la que recorrió escenarios, radios y medios de prensa muy diversos. No abundaré en esto. Es conocido.
En 2005 -o principios de 2006- mantuve una amable conversación telefónica, motivada en el tratamiento de una nota que publicara en el semanario Búsqueda. Estaba impregnada de humanismo y penetración psicológica.

El siguiente coloquio fue en 2013, luego de una internación y, subsiguientemente, otro amigable llamado que me respondió personalmente. Advertí entonces sus dificultades vitales. En pocos días fallecería.
Muy poco antes, en su libro Retratos al Bleque, descubrí que sin conocernos, habíamos recorrido algunos caminos comunes. Se vinculaban a labores periodísticas en un medio y a cierta correspondencia política e ideológica.
Era un escritor que no hipotecaba su independencia y que no se jactaba de la fortaleza de su credo. Absolutamente sobrio. Asumió el humor, sintiendo el placer por hacer ver cuánto de lo suyo era patrimonio de cada uno de nosotros.
Fue maestro de una escuela de puertas abiertas a las cualidades del ingenio y la bondad.

EL GRAN PERDONADOR

En la obra Los Tangos del Cuque, esta es la segunda parte de Perdonar es Diviiino:

“El héroe de Entrá Nomás es diferente: es un hombre amplio, perdonador -aparentemente-, piadoso:
“Entrá nomás, ya que has vuelto,/ no tengas miedo a la biaba,/ si yo tranquilo esperaba/ que volvieras otra vez.”

Primera sospecha sobre este buen hombre: no tengas miedo a la biaba…. Este piadoso hombre es un violento. Ya la ha cascado en alguna ocasión. ¿No será por eso que la señora se ha pegado el raje del hogar?
Segunda sospecha: Yo esperaba tranquilo… Tranquilo Él mismo nos confirma que tiene momentos en los que, irascible, es capaz de reventarla. Pero, en fin, estas podrían ser sospechas infundadas. Lo que sí es cierto es que este tipo comienza a mostrar la hilacha y ya no lo vemos tan piadoso como pensábamos:

“Y aunque tuviste el coraje/ de abandonar nuestro hijito,/ entrá, que está el pobrecito/ deseando que lo besés.”
La dejó entrar, como ven, no para perdonarla sino para castigarla, para reprocharle, para revolverle el puñal en la llaga. La mujer a esta altura debe estar pensando “para qué habré vuelto; sigue tan desafinado como antes”.
A él poco le importa, él quiere seguir su devastadora tarea:
“Cuántas veces, inocente,/ por su madre preguntaba/ y con dolor lo engañaba/ para no verlo llorar,/ diciéndole que habías ido/ a comprarle unos juguetes,/ pa dar bronca a los purretes/ cuando lo vieran jugar.”

Pobre chiquilín. Con la madre huída y un padre mentiroso, va a ser el festival del trauma. Los derechos de autor del padre no le van a alcanzar ni para la terapia.
Además, en el tango no se menciona en parte alguna que la madre haya traído juguetes. Así que, cuando el botija la vea con las manos vacías, va a armar un berrinche que levantará los techos. En fin, sigamos porque él no para. La pobre mujer loca por ver al gurí y el pesado meta darle la filípica:

“Y aquel mal amigo/ con quien te fugaste,/ por quien me dejaste/ para ir a rodar,/ te ha dado la prueba/ de su cobardía,/ dejándote un día/ sin nombre y hogar.”
Otro que elije mal los amigos. ¿Cómo no se iba a ir ella si él es un pesado? ¿Cómo no se iba a fugar si él le pegaba? En todo caso, si el mal amigo la dejó, es más culpa del cantor que de ella. Si él hubiese elegido mejor sus amigos, ella no se hubiese ido con el otro. Y, en caso de que se hubiese ido con el otro, el otro no la abandonaría y ella no tendría que volver con este pesado, que ahora se saca la careta:
“Entrá nomás, no te achiques,/ si ya estoy casi vengado,/ pues en tu mismo pecado/ la penitencia llevás.”
No era perdón, sino venganza lo que quería. Ni siquiera se tuvo que esforzar para hacerlo el muy maula. El mal amigo le hizo el trabajito. Por eso se aprovecha para darle la estocada final:
“Pero, de hoy en adelante,/ si en mi techo te cobijo,/ serás la madre de mi hijo/ pero mi mujer, jamás.”

Obviemos el hecho que en adelante piensa hacer vivir a la mujer en el techo -la crueldad mayor no sería esa-, sino que la deja entrar para castigarla, tal como hacía antes, y sin la obligación de darle una caricia, por lo menos de cuando en cuando. ¡Ni a un perro se lo trata así!

Gente como esta lo hace reflexionar a uno. ¿Qué hubiese sido mejor? ¿No hubiese sido mejor que la matase -como en Justicia Criolla- para ir alegremente a la cárcel?
En fin, creo que si estas situaciones se repiten en el tango es porque los personajes, en vez de matar a la mujer, no tienen las suficientes agallas como para matar a los letristas.”