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Por Walter Celina - 9 de Enero 2017
¡MÁS QUE UN LIRIO!


Formularé una interrogante que hasta podría resultar extraña: ¿Cuánto dura una revolución social? A la mano tres, a saber: la francesa, la rusa y la cubana. A excepción de la primera, muchos hemos sido coetáneos de la segunda y, para no hablar en pasado, de la cubana en curso. Esto si, efectivamente, su proceso no estuviera en riesgo de caducidad.
La sustentabilidad de un cambio de sistema político y de producción no surge de golpes de timón que dan unos iluminados. Aunque muchos lo creen.
El topo trabaja en silencio o, al menos, es sigiloso. Moviliza la entraña de la tierra. Los estallidos, con sus demandas, suelen acompasar cambios que no todos están advirtiendo.

DIEZ AÑOS QUE DURAN

Volviendo al inicio. La revolución francesa duró desde 1789 hasta el arrebato napoleónico de 1799. ¿Sólo 10 años? La nueva fuerza directriz, conformada por vecinos de los burgos -la burguesía- aunque estaba confrontada con la aristocracia, era heterogénea, movediza, oscilante. El fenómeno fabril le daba a la situación una impronta aún no sospechada. Es el momento en que la defensa de los valores de la personalidad -y de los bienes- se resguardan bajo la óptica de los derechos. Aquello, que en la superficie duró una década, se prolonga hasta hoy en constituciones y es patrimonio del pensamiento liberal, económico y político (que son cosas distintas). Le ponen valor a los sistemas democráticos. El capitalismo naciente prohijó tal modelo.

EL GRAN ENSAYO RUSO

La revolución rusa de octubre-noviembre de 1917 abrió un estremecedor camino nuevo: el de construir un sociedad más justa en pos de eliminar la “explotación del hombre por el hombre”. Tenía instrumentos precisos: teoría de la plusvalía en lo económico, dirección filosófica, programa, partido, sistema de alianzas, líderes en las masas laboriosas. Confrontaba con el capitalismo, contra viento y marea. Llegó al poder en los dominios helados del rancio zarismo y abrió las puertas de un país hambriento.

En su fase inicial el poder emergente se apoyaba en obreros, campesinos y soldados, más otros sectores. Al hacer suyos los medios de producción y de cambio, al ejecutarse expropiaciones de tierras, empresas y organizaciones financieras, surgiría una encarnizada resistencia. El nuevo estado debía planificar, transportar, suministrar, y defender un espacio territorial acechado con una organización militar.
Los soviets desalojaron fuerzas alemanas, austríacas, polacas. Sin interrupción, debieron rechazar “la entente”, compuesta por Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Japón que, desde el mar Negro y otros puntos, se ingerían en el novel estado orientado por un declarado impulso hacia el socialismo -primero- y, luego, una hacia etapa comunista. A las ominosas condiciones preexistentes, se sumaría la referida invasión extranjera multilateral, alentadora, asimismo, de los enemigos internos. La nación volvió a desalojar a los intrusos en la etapa 1919-20. Algo similar a lo que ocurriría con Cuba, al advenir Fidel Castro y otras figuras. No digo igual, ni mucho menos.

CERCOS Y DEFORMACIONES

El cerco es la presión establecida por todos los medios. Resistir supone combatir de modo desigual. Alterar los planes y modos de vida previstos. Ensayar salidas provisorias. ¡No es posible almorzar en paz en medio de una catástrofe climática que se lleva la mesa y las personas levitan hasta darse contra el piso! Es cuando el árbol naciente se tuerce y empieza a dar frutos negativos, cada vez en mayor escala. El militarismo exacerbado pudre las economías y se hace una máquina represora. Si un gran partido es carcomido por la nomenclatura (ese staff de los inamovibles, que todo lo pueden) y, si ello se condimenta con aceite espeso de burocracia, más otros desastres humanos, la caída es cosa segura.
La implosión de la Unión Soviética ocurrió entre el 11.03.1990 y el 25.12.91, a más de 7 décadas de su inicio. Y el capitalismo se reintauró en la ex repúblicas socialistas federadas.
Desde dichos países Cuba recibía ingentes apoyos. ¿Fueron bien aprovechados?
La isla, por su parte, ha podido mantenerse hasta hoy como botón de muestra de una teorización con dificultades. En medio de un bloqueo. Con logros, fracasos y puertas estrechas que algunos desean abrir a puntapiés, en nombre de la libertad. Ese preciado bien, necesario al hombre, que también el anillo sitiador contribuye a constreñir.
El socialismo a la cubana parece haber perdido fuerza pulmonar. No las estatizaciones, que es materia compleja.

Fidel Castro encendió esperanzas. Pero no era un dios. Su fuerte personalismo no lo sustrajo a la permanencia en el poder. Merecía evitarse esa continuidad que, al menos para muchos uruguayos -entre los que me encuentro-, rechina y mucho.
Breve, en la acepción idiomática, es lo que “dura menos que un lirio”. No obstante, la raíz de esta hermosa flor tiene perdurabilidad biológica.
Si se acepta el símil, lo mostró la revolución francesa. Así lo estiman pensadores históricos y actuales que analizan estos eventos. Recalaré con esas opiniones.