La vida real, como las fantasías del hombre, se recrean constantemente y motivan espectáculos brillantes en las artes escénicas. La política es parte de los sucesos diarios, con actos compartibles y otros no tanto. Fuera de los rechazables. Suele comparársela con la comedia y con la farsa. Dentro de otras características, deja sabores agridulces. De ahí dos de sus variantes. El pesimismo crónico y el sentimiento de lucha y organización. ¡Claro, para esto último, hay que tener o formar un partido! Si se está afuera, solo brillando se puede obtener apoyo de esos actores, escurridizos y contradictorios, que son los políticos profesionalizados. Y no solo algunos.
En un juego de bandas, por segunda vez, el candidato más versado en cuestiones electorales de Uruguay y un consultor constante a escala internacional, el Prof. Oscar Bottinelli (OB), no será el presidente y conductor de la Corte Electoral, el tribunal superior de las justas democráticas del país.
Por los años 90 su candidatura racionalmente estaba impuesta y, tanto el Frente Amplio como el antiguo Nuevo Espacio batallista, la impulsaron aunque, a mi parecer -era entonces decano en el cuerpo de secretarios de bancadas parlamentarias-, sin la fuerza requerida.
Los títulos de OB venían de la experiencia familiar (su padre fue legislador por el Partido Nacional Independiente de Soriano y senador bajo la unificación del Partido Nacional), había ejercido periodismo en el diario EL País y, al formarse el Frente Amplio, adhirió con entusiasmo y seriedad. Se le confió el enlace entre los diputados y senadores de la naciente coalición. Ya reintitucionalizada la república, el Gral. Líber Seregni lo escogió para su secretaría. Siempre dinámico y ejecutivo, con ideas claras.
El defecto del cuotapartismo, tomado por el Frente Amplio de los partidos tradicionales, nunca favoreció a personalidades que no estuvieran embanderadas y, por tanto, desde temprano, no valoró como debía a individuos con autonomía de pensamiento y rectitud probada.
Un trancazo en la Asamblea General llevó a la Corte Electoral otras personas, privándose de un experto de nota como OB. Aunque cabe destacar que la elección de Walter Pesqueira, conocedor de la materia y sobrio militante de izquierda, fue la más justa. La institución no se caracterizó por su “aggiornamento” y sus ocupantes resultaron cuasi-vitalicios.
Tras especializaciones académicas, OB dictó cursos y conferencias y, a la par, fundó la Consultora FACTUM. Bien conocida.
A la vuelta de los años y, en una especie de reivindicación histórica, desde la totalidad de los frentes políticos, es convocado para encabezar, en una nueva integración, la Corte Electoral. Acepta el requerimiento y, como era dable esperar de él, fija precisas reglas para la necesaria reforma del organismo y su sistema. El diseño venía con un cronograma y la formación de un grupo de especialistas adjuntos a su presidencia.
Pero, al cabo de tanto amor interpartidario, desde mediados de diciembre hasta muy avanzada la segunda quincena de febrero, todo fue silencio. Y, peor aún, la designación de miembros de esta Corte quedó “atada” o sujeta a otros nombramientos. Un paquete raro, en el cual la nominación de miembros para la Suprema Corte de Justicia abortó, aunque dejando a la Corte Electoral -junto a otros institutos- enganchados y en espera. Ciertos promitentes elegidos buscaron muros para sus lamentos y esperan la dádiva salvadora. La textura cívica de OB tiene una esencia distinta.
Con rigor, este candidato apreció que, en tales condiciones, los tiempos legislativos para modificar leyes especiales no permitirían cumplir con el cronograma elaborado. Una reforma seria estaba en trance de invalidación. Fundamentó su pesimismo y supo decir “¡Así no, señores!”. Y el telón cayó.
Tras la puerta que OB cerró, otros aspiran vestir el traje ofrecido, como en la composición discepoliana.
Queda escrito, con el ejemplo, que independencia de criterio es un bello atributo de los hombres libres.