En la edición correspondiente al 9 de julio, EL ESTE señalaba en su tapa, bajo el título: DANTESCO: MURIERON QUEMADOS EN LA CARCEL, agregando “que a las 3 y 30 de la madrugada de ayer, se produjo el incendio en el módulo dos de la cárcel de Rocha. A las 3:43 minutos se dio aviso a los bomberos que tardaron segundos en llegar.
De los 20 internos, 12 murieron atrapados y quemados por el fuego, en un hecho sin precedentes en la historia policial uruguaya”. La tragedia alimento durante varios días a los medios, locales y nacionales, hasta que paulatinamente el impacto inicial se fue perdiendo ante otras urgencias. Comenzaron las investigaciones, los comunicados, las manifestaciones, las coordinadoras, los sindicatos y encontradas opiniones de los actores políticos. Se pudo observar además la marcha organizada por amigos y familiares de los presos fallecidos, pidiendo justicia y significando además a través de un comunicado que un sector importante de la sociedad estaría agotando la paciencia en torno a la demora con que se viene tratando el tema de las cárceles en todo el territorio nacional.
Por un lado las autoridades hacen hincapié en el impacto económico que esto representa y la repercusión política que pueda tener en caso de que no se alcancen las soluciones reclamadas. Se trata de un tema muy delicado y del cual no queremos aprovecharnos para buscar culpables más allá de lo que la justicia pueda determinar. A esta altura de los acontecimientos ya se escuchan encendidos discursos que pretenden trasmitir distintos mensajes sobre el combate la miseria, al hambre y a la situación social, queriendo desviar la atención, olvidándose que los presos también son seres humanos, con los mismos derechos a la vida de quienes estamos del otro lado de las rejas. Sucesos como los que se vivieron en la cárcel departamental representan una agresión a la naturaleza humana, insultando la inteligencia y atropellando las libertades ciudadanas. El denominador común que se pudo observar en la marcha por encima de credos religiosos, ideologías diferentes y clases opuestas, nos mostraban rostros serios, endurecidos por el dolor, pero reflejando sin embargo su amor a la vida y un deseo incontenible de seguir luchando por la dignidad del ser humano.
No era necesario este final. Era suficiente que la fragilidad de aquellos seres cercados por barrotes, pagaran su deuda con la sociedad cumpliendo las condenas establecidas por la justicia. Hombres y mujeres, familiares y extraños llorando la perdida irreparable, mientras la sociedad se pregunta que debe hacer para que también los presos tengan derecho a la vida. Dentro de algún tiempo la justicia se expedirá y alguien será procesado por su responsabilidad. Una responsabilidad que en definitiva es del Estado.
Chuy, agosto de 2010.