No he de referirme al polvoriento asunto que ha acaparado la atención pública en estas semanas, señalado como Affaire Gonzalo Fernández, que involucra al estudio jurídico del ex prosecretario presidencial en el gobierno del Dr. Tabaré R. Vázquez.
Las marchas y contramarchas legislativas, aprobando leyes defectuosas, que luego deben ser enmendadas, tienen como mascarón de proa la Ley de Alcaldías. Nacen sietemesinas y enderezan a las incubadoras. Académicos, jueces y abogados han señalado reiteradamente, su perplejidad ante textos oscuros, sin coherencia jurídica y hasta con sintaxis defectuosa.
El caso que expondré es, si se quiere más pedestre. Simple. Pero es cara de una misma moneda en que confluyen varios elementos. Uno, la interpretación antojadiza de hechos. Dos, la carencia de sensibilidad para valorar circunstancias históricas y científicas honrosísimas para el Uruguay, ahora arrojadas por la borda en función de hechos adjetivos.
Hablo de la sanción, por la Cámara de Representantes, del proyecto de ley que retira en el Departamento de Soriano el nombre de la localidad Villa Darwin, sustituyéndolo por el de Sacachispas...
El 28.09.2008 una votación no oficial, con acarreo de ciudadanos no residentes en el villorio desde muchos años, se pronunció, por margen mínimo, por la idea del cambio de denominación.
Entre los “habilitados”, no pertenecientes al circuito matriz, figuraron personas inhibidas para el sufragio por tratarse de menores de 16 años.
Las credenciales de la serie MGD, con habitantes reales del pueblo, correspondían a 529 habilitados. De este grupo central, 311 se pronunciaron por mantener la denominación Villa Darwin. Sólo 113 por Sacachispas. Una proporción abrumadora, como se advierte. 2 a 1.
La singularidad del apelativo Sacachispas deviene de intrascendentes historias de cuchilleros lugareños, cruzando sus aceros, y de lenguas filosas de comadres. Nada esencial. Sólo afinidad con un tiempo que discurre sin gloria.
Aunque cueste creerlo, en esto han hecho pie los legisladores que propiciaron este nuevo adefesio, ahora con media sanción parlamentaria.
Cuando a las apuradas se borra con el codo el homenaje que otros gobernantes escribieron -hace no menos de 50 años- con sentido de justicia, perpetuando una honra a una personalidad insigne, pueden advertirse síntomas de oportunismo político (siempre a la caza votos), así como de renuncia a una tradición uruguaya que educó en los valores culturales, en este caso, de la ciencia.
En julio de 1832 el Beagle, barco de investigación inglés, recaló en el Río de la Plata, como parte de su periplo. Charles Darwin, desde Montevideo, parte primero hacia Maldonado. Un año después, recorría Colonia y Soriano. Cumplía sus exploraciones a pie y a caballo. Cubrió aspectos vinculados a la geología, zoología, botánica, paleontología y estudió peculiaridades sociales e individuales.
Sus hipótesis sentaron las bases de la moderna teoría evolutiva, al considerar que todas las formas de vida se han desarrollado a través de un despacioso proceso de selección natural. Su rigor, golpeó el corazón la leyenda bíblica sobre el origen del hombre.
Su obra maestra El origen de las especies se publicó en 1859. Su Diario de viaje -con descripciones sobre Uruguay- es de 1845. El origen del hombre de 1871.
Un botánico religioso lo impulsó a incorporarse a la expedición del Beagle. Finalmente, en su diario estableció: “Considerando la ferocidad con que he sido tratado por los ortodoxos (cristianos), parece cómico que alguna vez haya pensado en ser clérigo.”
Contra toda forma de ferocidad antidarwinista el saber pone en el más alto pedestal a Charles Darwin. Salvo para los noveles cruzados del oscurantismo, de la política barata y sin principios.
Montevideo, agosto de 2010.