En notas anteriores hicimos referencia a la trayectoria del jugador brasileño Sezefredo Da Costa (Cardeal) que nacido en el municipio fronterizo de Santa Vitoria do Palmar, llegara a la selección brasileña y al Club Nacional de fútbol de nuestro país, marcando una época en los bolsos uruguayos.
Jugador de muchos adversarios y pocos enemigos, derrochando habilidad, técnica y amor propio por la camiseta. Guapo y respetuoso, en una demostración cabal de que el fútbol se mantenía vivo, enterrando para siempre los fantasmas de la hombría mal interpretada. Se divertía jugando con alegría, solidario con sus compañeros y respetuoso con los adversarios. Un pibe de barrio nacido a 25 kilómetros de la frontera uruguaya, predestinado a jugar al fútbol para adelante y nunca para arriba. Creció rápido sin agrandarse sabiendo que ganar a cualquier precio también se puede convertir en una derrota, difícil de asimilar. Dio siempre lo mejor en cada jugada, quietándole la tragedia al drama, aunque fuera necesario el caño respetuoso para convertir el gol. Fue si se quiere el atorrante que jugaba como vivía, alentando la esperanza de que estaba escribiendo su propia historia, sin preocuparse mayormente por el trasnoche que simultáneamente minaba su cuerpo de atleta.
Lo recuerdan los margullones de Santa Vitoria con los brazos en alto festejando goles junto a los suplentes. Durante muchos años desparramó talento por las canchas de Santa Vitoria, Pelotas, Porto Alegre, Río y Montevideo. La correspondió al periodista norteño José Duarte señalar en su columna que Cardeal, “tenía las piernas largas y finas como las garzas y los flamencos. No necesitaba de muchos espacios para realizar sus jugadas. Tenía aquella habilidad que conocimos en los eximios bailarines del viejo tango argentino, bastaba solamente una baldosa para realizar un baile de osadía y fascinantes movimientos. Nadie como él, con tanta capacidad para escapar de las cerradas marcaciones adversarias. Estoy hablando de Sezefredo Costa, conocido en las décadas del 30 y 40 como Cardeal, sin ninguna duda uno de los mayores genios del fútbol brasileño de aquellos años, integrante del seleccionado grupo que integraban Pelé, Garrincha, Ziziño, Leonidas y muy pocos más.
Cuando percibió que su final estaba llegando Cardeal viajó para Montevideo, sabiendo que pobre y sin recursos existía solamente una puerta donde podría golpear para pedir ayuda y protección para enfrentar sus últimos días. El Club Nacional de Fútbol se portó en forma admirable con el hijo pródigo; mantuvo a Cardeal hospitalizado con toda la asistencia necesaria hasta el día de su muerte.”
Chuy, agosto de 2010.