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Por Julio Dornel - 29 de Marzo 2011

DON BERNARDO VENTURA, EL BOTICARIO

Ventosas y cataplasmas, palabras perdidas en el tiempo, permanecen agazapadas en algún rincón de la memoria esperando la oportunidad para circular nuevamente y curar enfermedades como sucediera en las primeras décadas del siglo pasado.

Una frontera bohemia y generosa, ha visto pasar por sus calles durante más de un siglo la figura inconfundible de los primeros vecinos, que despojándose de sus intereses personales, dedicaron sus mejores esfuerzos en aras de sueños y esperanzas comunes. No todos se pudieron cristalizar, asegurando el futuro personal que suele acompañar el éxito familiar. El protagonista de nuestra historia es don Bernardo Ventura, y la misma comienza allá por el treinta y pico del siglo pasado en la zona de San Miguel.

La lluvia de aquel invierno (1937) había derretido los terrones del rancho aduanero de Pancho Rodríguez, mientras los depósitos de Bender parecían una isla en la inmensidad del arroyo desbordado por la creciente. Ese fue el panorama que encontró el nuevo “boticario” que llegaba a 18 de Julio, para hacerse cargo del negocio de Ernesto Pradere, con la experiencia elemental que había adquirido como “lavador de frascos” en la farmacia Failache de la ciudad de Castillos.

El desarrollo regional estaba centralizado en esta población, que por caminos enlodados en invierno o polvorientos en verano, representaban las únicas vías de comunicación con algunos parajes que como san Luis, Barrancas, Los Ajos, Punta del Carretero, Cebollatí, La Coronilla y el propio Chuy recurrían a las oficinas públicas allí instaladas. Sin carrera definida en la facultad ni el examen idóneo requerido, el joven Bernardo Ventura, con el apoyo invalorable del Dr. Héctor Lujan Cansan se fue ganando la confianza de la población, que además de “boticario” le otorgó de inmediato el título de enfermero, partero y hasta de doctor.

Con mobiliario prestado por don Segundo Ferreira, armo su vivienda de recién casado y en la pieza del frente, un mostrador con mampara protegía el primus a queroseno donde se fabricaban los jarabes. Es posible que la medicina de aquellos años no fuera tan científica como lo es en la actualidad, pero podemos asegurar que tampoco se basaba en la magia de los videntes ni en la influencia de los astros. Por ese motivo el joven boticario se fue ganando un lugar destacado junto a los vecinos de aquellos años, entre los que se encontraban Miguel Arrionda, Eronil Márquez, Juan Correa, Miguel Gatti, Amabilio Méndez y muchos otros que desde distintos ángulos luchaban por el desarrollo de la pequeña aldea.

Años más tarde se radica en la frontera, dando comienzo a una nueva etapa de su vida, ganándose también el respeto, el afecto y la consideración de toda la población. El trato diario durante 40 años, nos otorga las credenciales necesarias para referirnos a su personalidad sin temor a equivocarnos. Estuvo siempre consustanciado con el partido nacional al que dedicó sus mayores esfuerzos, poniendo a su servicio una generosa solidaridad, que llegó a comprometer su patrimonio personal. Sufrió en carne propia los avatares tormentosos de la política, dándose por entero sin pedirle nada en beneficio propio o de familiares. Es posible que durante los últimos años en su retiro obligado de La Barra, haya sufrido al margen de su enfermedad, los dolores que provocan las injusticias de la vida. Fue en esa oportunidad que don Bernardo soporto en silencio el marginamiento de amigos y correligionarios que mucho le debían. Fue una soledad grave y dolorosa que no hubiera imaginado cuando llegó a 18 de Julio en aquel invierno del 37.

Chuy, marzo de 2011.

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