El origen del gran latifundio que soportaba la Banda Oriental en la primera década de 1800, hay que buscarlo fundamentalmente en el erróneo reparto de tierras establecido por la Corona, que favorecía de hecho a los hombres ricos de la ciudad, y no a los campesinos, como así también a las autoridades coloniales que sin tener en cuenta el uso social de la tierra donaban miles de leguas a los personajes influyentes de la época.
Por ese motivo existían dos clases de estancieros; los hacendados campesinos, habitantes de la campaña y los hacendados cortesanos habitantes de la ciudad que practicaban el comercio y la política.
Eran además por esas coincidencias, propietarios de inmensas extensiones, fuertes comerciantes e influyentes miembros del Cabildo. Ante esta situación surge el Reglamento Provisorio de Tierras dispuesto por Artigas, tendiente a mejorar la situación social y económica de la campaña, sirviendo además como incentivo para afianzar a los primeros pobladores.
Hasta ese momento, la tenencia de la tierra obedecía a las regalías de los Reyes o Gobernadores. Los campos no estaban alambrados ni los animales marcados, lo que fue facilitando las estancias cimarronas y el contrabando. Al problema del gran latifundio, Artigas le fue agregando, el monopolio portuario y comercial de Montevideo, la despoblación de la campaña, la baja productividad de la misma, los cuatreros, la inseguridad de quienes estaban radicados en el campo, la falta de alimentos, la ignorancia general y la falta de recursos para la organización administrativa.
Una de las preocupaciones fundamentales de Artigas estaba relacionada con el dicho de Alberdi de que GOBERNAR ES POBLAR. De esta manera a las 761 personas procedentes de las Islas Canarias que desembarcaron ese año en Maldonado, se les repartieron tierras y útiles de labranza, bueyes y semillas. Fue un toque de alerta para los hacendados cortesanos, para los cuales Artigas se transformó en un elemento peligroso, mientras que la tierra propia, era más importante que el gobierno propio.
En lo económico el Reglamento proponía dividir y repartir la tierra, fomentar la ganadería y poblar la campaña. Los grandes hacendados, velando por la seguridad de sus establecimientos, reclamaban permanentemente por la policía y el orden. No querían hablar de otra cosa. Pero Artigas que sabía bien de donde venía el mal, los atacó en sus causas. No ignoraba que el latifundio y la miseria eran la madre y el padre de la violencia y de los cuatreros que infestaban la campaña y que para combatirlos, más que policías lo que precisaban eran tierras y trabajo productivo. Por eso en lo social el Reglamento se dirigió a reivindicar a los desposeídos, que era la clase de donde procedían los cuatreros y malhechores, estableciendo el precepto de que “los más infelices fueran los más privilegiados”.
En las instrucciones del caudillo para la adopción de algunas medidas, corresponde mencionar que ante las exigencias del Comodoro Percy quien le reclamaba privilegios especiales para los comerciantes ingleses, Artigas se los niega señalando que si no “le acomoda, haga vuestra señoría retirar todos sus buques de estas costas que Yo abriré nuestro comercio con quien más convenga, previniendo al Cabildo en los siguientes términos; “Los ingleses deben reconocer que ellos son los beneficiados y por lo tanto jamás deben imponernos, sino someterse a las leyes territoriales.
No dudamos que las ideas de Artigas fueron creando una verdadera conciencia revolucionaria, promoviendo por todos lados su discusión y elaborando nuevas soluciones. Es evidente que algunos artículos de este Reglamento, mantienen su actualidad con pequeñas modificaciones. Uno de ellos imponía plantar 500 pies de árboles por año hasta cubrir la mitad del terreno de madera viva. Y a los que no cumplan se les quitará el terreno donado, destacando la importancia que para la economía del país tenían los árboles. Como podemos observar se trataba de una auténtica política forestal, aplicada en el Uruguay de 1815.
Toda su vida estuvo caracterizada por un amor entrañable al HOMBRE y a su tierra, como elemento fundamental para acentuar su prestigio entre los paisanos, sin olvidar una de las cláusulas fundamentales de sus instrucciones dirigida a los diputados orientales:”SE PROMOVERÁ LA LIBERTAD CIVIL Y RELIGIOSA, EN TODA SU EXTENCIÓN IMAGINABLE.
Vienen luego sus discrepancias con el gobierno de Buenos Aires, retirándose del sitio de Montevideo, siendo declarado traidor y poniéndose precio a su cabeza por haber señalado: NI PORTUGUESES NI ESPAÑOLES, NI BRASILEÑOS NI PORTEÑOS. Ante esta situación se retira al interior instalando su cuartel general en el Hervidero, hasta que llega finalmente el año de la traición: 1816. Pero dejemos que Alberdi lo diga: “En las actas secretas del Congreso de Tucumán, se encuentran las pruebas de esta monstruosa complicidad. Se produce la invasión portuguesa, apoyada por el directorio de Buenos Aires, lo que es denunciado por Artigas. Comienzan las sucesivas derrotas, generadas por la falta de apoyo llegando a 1820 cuando las inesperadas traiciones de sus aliados decretan su derrota militar. Alguien lo dijo en su momento: ”A la luz crepuscular del año 1820, la figura del inmortal blandengue se recorta sobre la frontera paraguaya. Todo lo ha perdido. Sólo tiene en sus maletas cuatro mil patacones, ultimo saldo de la fortuna pública, que entrega a un hombre de su confianza, el sargento Francisco de los Santos, con la consigna terminante de llegar a Río de Janeiro y entregarlo todo a los Jefes patriotas cautivos en la Isla das Cobras. Cuánto daríamos por escuchar el diálogo surgido en ese momento entre Artigas y su fiel soldado. Allí se quedo el héroe, sin armas, sin ejército, sin uniforme y con las manos vacías.