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Por Julio Dornel - 25 de Enero 2012

LA BARRA: PARA ESCAPARLE A LA RUTINA


Promediaba el siglo pasado cuando una playa desolada y con pocos residentes (20, comenzaba a recibir los primeros vecinos de la frontera, dando comienzo sin saberlo, a un lento desarrollo turístico, mediante excursiones veraniegas que se planificaban con varios meses de anticipación.

Sin mayores documentos que algunos títulos de propiedad y la memoria de algunos descendientes de los primeros pobladores, van desfilando por los extensos arenales algunos nombres vinculados a la historia del primer balneario de la costa rochense.

El paso de los años le fue cambiando muchas cosas; mejoran los caminos, llega el agua, la luz y el teléfono otorgando comodidad a los visitantes y quitándoles la emoción de los viajes en carro serpenteando médanos y bañados.

En la década del 60 fueron llegando las primeras construcciones de importancia para suplantar los ranchos de paja y terrón. Como todo balneario, La Barra se fue haciendo en cada temporada. Despacio, sin apuro y de acuerdo a la visión que podían tener por aquellos años los hombres que llegaban a la costa atlántica, vislumbrando un futuro promisorio en ese triangulo de arena que forma el arroyo Chuy al desembocar en el atlántico.

A principios del siglo pasado este balneario estaba comunicado al mundo mediante un cable submarino que tenía su punto terminal en las proximidades de la desembocadura del arroyo Chuy. Fue este el primer medio de comunicación que tuvo la zona, teniendo en cuenta que en el año 1904, dicha línea fue extendida hasta la frontera.

Pasan los años y van desfilando por la “casilla de hierro”, compartiendo su soledad con el atlántico los funcionarios Eduardo Venturini, Luis Correa, Juan Carrasco y finalmente Horacio Laborda hasta el año 1949 en que fueron suspendidos los servicios.

Las primeras temporadas estivales estaban relacionadas con las vacaciones escolares. Comenzaban cuando terminaban las clases, mediados de diciembre, y se regresaba en marzo. Los viajes en carros duraban más de una hora para los 10 kilómetros y no resultaban muy cómodos, al tener que cargar el mobiliario veraniego, las gallinas y animales de estimación.

Ranchos humildes, sin mayores pretensiones. Entre varios, recordamos al de “Totó” Cambre, Gustavo Weis, Feliciano Ferreira, el del sastre Guillermo, del constructor Resquín y de los carroceros Dorval Rocha y Serafín Lima.

Más allá el de “Cabito” Terra (dependencia aduanera) y Avelino Moreno que conjuntamente con Trillo Laudama y Claudio Milar vigilaban la frontera atlántica.

Va llegando el progreso y don Perfirio Acosta fracciona sus campos para vender terrenos a 10 pesos, dando comienzo al desarrollo inmobiliario y facilitando la construcción y el afincamiento de nuevos vecinos.

Las reuniones bailables centralizaban sus preferencias en los ranchos de Nicomedes Gómez y Julio Veró, donde solía tocar por 5 pesos y una cerveza, un joven llamado Carlos Julio Eismendi (Becho), que con el paso de los años se consagrara como uno de los mayores violinistas uruguayos.

Tema obligado para una próxima nota.

Cielo azul, mucho sol, altas temperaturas, finas arenas y abundante vegetación, han transformado a La Barra en el lugar ideal para una cómoda y placentera estadía.

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