Dentro de algunos meses en la tradicional esquina de Laguna de los Patos y Avenida Brasil, abrirá sus puertas un nuevo centro comercial en régimen de free-shop, obedeciendo a las nuevas reglas del comercio internacional. Para ello ha sido necesario que la piqueta fatal del progreso, le entrara sin compasión al viejo edificio que durante medio siglo ocupara BAR “OPEL” que había recogido para su nombre las iníciales de su propietario Octavio Pereyra López.
Las vacas de los hermanos Mello y los caballos de don José Regal pastaban tranquilamente sobre la línea divisoria, sin que sus propietarios supieran a ciencia cierta si estaban violando los limites internacionales, porque la calle de arena zigzagueaba permanentemente como queriéndose burlar de los tratados existentes entre ambos países.
Por las noches, farol y candil para hacer los deberes o deletrear las páginas de algún libro llegado accidentalmente a la frontera. También se nos ofrecía la posibilidad de observar las Tres María o la Cruz del Sur ante la oscuridad reinante. En este ambiente de incipiente de aldea fueron desarrollando sus actividades los primeros boliches del siglo pasado.
Sin orden cronológico podemos recordar al de Albano Méndez, Alfredo Rodríguez, Café Central, el “Gallego” Suárez, el “Conferente”, el hotel de Matías Gómez, el comedor del “Cotorro” Amorín, la casa familiar de doña Idilia con sus reuniones bailables y el boliche de Olintro.
Las cosas cotidianas que sucedían durante la semana o en los domingos de fútbol se convertían en el tema obligado del OPEL. Poblados con mesas de billar, de “puntiño”, de conga o de truco, los boliches se habían convertido en el sitio obligado de los parroquianos que dividían sus preferencias por aquellos mostradores. Por supuesto que se han perdido para siempre algunos nombres que deberían figurar en esta nota evocativa que pretende de alguna manera recordar a quienes tuvieron la paciencia de permanecer durante tantos años del otro lado del mostrador.
Fueron sin ninguna duda un símbolo del Chuy que surgía y punto obligado de una generación que no tenía otras alternativas para sus reuniones, la copa al paso o la charla informal para arreglar el mundo.
En aquellos años el boliche significaba todo para los hombres del pueblo que se acodaban sobre el mostrador para discutir de fútbol o política, que eran y siguen siendo los temas preferidos entre copa y copa. Un mundo mágico entre copas, naipe y mostrador.
Hoy a la distancia nos imaginamos la presencia de aquellos parroquianos arreglando el mundo a su manera, pero manteniendo siempre un espíritu solidario que transformaba la amistad en una religión. Con el paso de los años han quedado para el mejor recuerdo, los últimos baluartes que han ido desapareciendo en nombre del progreso y bajaron sus cortinas ante los cambios que ha experimentado la frontera. En principio fueron pequeñas modificaciones que sirvieron para borrarle su identidad de boliche, agregándole algún futbolito o máquinas musicales que arrinconaron definitivamente las mesas de truco, conga o “puntiño”.
Recordamos entre estos últimos a “Pipo” Graña, “Fonso” Silvera, el “Indio” Castillos, la “Uva Negra”, el “Flaco” Clavero, “Bon Suceso”, y un párrafo al margen para el boliche del “Coruja”. También, hace varias décadas asistimos a la última época del boliche del OPEL, donde bajo la estricta fiscalización de don Octavio, arreglábamos el mundo con “Caraquito” Méndez, el “Toronja” Sorozábal, el “Rata” Fossati, el “Cabeza” Rodríguez, y el “Negro” Moreno, para salir caminando con falsa dignidad ante la mirada curiosa de los vecinos. Hoy todo es historia. Los números son en definitiva los que mandan generando una nueva mentalidad entre los habitantes.