“Que importa morir, si tengo historia,
Me amó la vida y la tome sin miedo”.
“Nació en Castillos en 1935 y murió trágicamente, en uno de los caminos de su tierra natal, cuando apenas había cumplido 19 años”, como lo señalara el Prof. Rosalío Pereyra en el prologo de su antología poética.
Le bastaron pocos años para ganarse un lugar destacado en las letras castillenses, que por aquellos años ya contaba con varios exponentes de valía. Pese a su breve trayectoria supo transitar por el difícil arte de la poesía, con poemas y textos que merecieron el reconocimiento de los críticos más exigentes del departamento. No dudamos que solamente la muerte pudo quitarle la posibilidad de que alcanzara resonancia nacional para ocupar un lugar junto a Juana y Delmira.
Activa y soñadora, con límites estrechos para transitar entre la amistad y el amor, supo manifestar en cada poema el sentimiento que suele ordenar la vida con la poesía. Le correspondió al Prof. Jesús Perdomo la narrativa que antecede al prologo de Rosalío señalando que “Caía la noche del miércoles 6 de abril. Celebrábamos el tradicional Oficio de Tinieblas. El templo era una caverna oscura. Los cirios se iban apagando uno a uno y, en las paredes, los negros cortinajes sacudían apenas sus alas fantasmales. El latín de la monótona salmodia se cortó de golpe. Llamaban a la puerta lateral del templo. Abrí. Allí estaba mi padre, portador de una helada noticia- Murió Carmencita- me susurró- cayó de un camión y se mató... Esa noche de tinieblas interrumpió-para mí, recién llegado a Castillos- el breve trato personal con una amiga, pero me empujó a un camino que, en este libro, encuentra su culminación: ayudar a propagar la obra poética de esta excepcional sensibilidad creadora”.
Los buenos mueren jóvenes-señaló finalmente Perdomo. Y María del Carmen recorrió su fugaz vida terrena de la mano de la “hermana Muerte”.
Los datos biográficos de la contratapa del libro señalan que a la temprana edad de 12 años había comenzado su producción literaria. La misma transcurre hasta el momento de su desaparición, escribiendo en esta ciudad, en su querido balneario Aguas Dulces y fundamentalmente en Montevideo donde realizaba su especialización literaria en el Instituto Artigas.
Cabe señalar finalmente que sus poemas fueron publicados en varios diarios de Montevideo.