Hace algunos años, cuando el título de ciudad nos quedaba grande, pensábamos ingenuamente que el problema de la seguridad pública estaba reservado exclusivamente para las grandes ciudades que por su explosión demográfica le quitaban a la población la posibilidad de caminar libremente por la calle sin mayores sobresaltos.
Es evidente que estábamos equivocados. La reiteración de delitos cometidos en distintas localidades del departamento, nos está demostrando el surgimiento de un alarmante cuadro de violencia que está sorprendiendo a las propias autoridades.
Las informaciones que circulan diariamente por los medios, van más allá de la nota periodística aunque en algunos casos contengan alguna cuota de sensacionalismo, por la entidad de la rapiña, las agresiones físicas, las violaciones, los asaltos y los asesinatos. Se trata de una lamentable constatación para una población que ostentaba con orgullo su pacífica tradición, que al decir de sus vecinos “dormía con las puertas abiertas”. Coincidimos con quienes sentencian que el tema no se limita a los últimos años, sino que se ha ido agravando y que la violencia no está radicada solamente en los hogares más carenciados sino en el seno de la clase media y familias acomodadas. Es justo señalar que la policía dentro de sus posibilidades ha ido incrementando las guardias y recorridas marcando su presencia en aquellos espacios que consideran proclives al delito. Hasta acá todo bien, pero que se pretenda culpar a los medios, como causa fundamental de la violencia, por culpa de la información ofrecida nos parece un razonamiento equivocado.
Sin embargo algunos gobernantes culpan a los periodistas por alentar desde sus columnas a los cultores de la violencia, aumentando con ello la “sensación térmica” que recorre el país. La misión de la prensa ha sido siempre la de ofrecer la información seria que reclama la sociedad, dentro de la más plena libertad de expresión. Culpar a la prensa por el aumento de la violencia sería lo mismo que condenar a los fotógrafos que perseguían en sus motos a la Princesa Lady Diana Spencer y a su amante Al-Fayed en un túnel de Paris. Quienes apuntaron su responsabilidad son los mismos que esperaban ansiosos las fotos indiscretas y hasta sensacionalistas de la prensa inglesa, que violaban su privacidad para satisfacer la curiosidad del público. Qué culpa podrían tener los periodistas, que solamente violaban la velocidad permitida para informar sobre el encuentro secreto de la princesa en el rancho del egipcio en las proximidades del Sena.
La prensa no tuvo la culpa de la velocidad impuesta por el conductor que cumpliendo órdenes de los amantes los llevó a la muerte. Es solamente un ejemplo, pero muy gráfico del papel que juega la prensa dentro de su comunidad.