El protagonista de esta historia, que comienza en el 30 y pico del siglo pasado, fue sin ninguna duda uno de los vecinos más queridos y respetados del norte rochense.
Hace algunos años, en una crónica evocativa señalábamos que si bien las ventosas y las cataplasmas pertenecían al pasado, como “herramientas” de los primeros médicos que llegaron a la frontera con la intención de curar enfermedades, fueron en su momento la indicación salvadora del “Boticario” Bernardo Ventura.
La historia comienza en 1937 en la zona de San Miguel, con una creciente invernal que había derretido los terrones del rancho aduanero de Pancho Rodríguez, mientras los depósitos de Bender parecían una isla en la inmensidad del arroyo desbordado por la creciente. Ese fue el panorama que encontró el nuevo “boticario” que llegaba a 18 de Julio para hacerse cargo de la farmacia de Ernesto Pradere, con la experiencia elemental que había adquirido como “lavador” de frascos en la farmacia Failache de la ciudad de Castillos.
El desarrollo regional estaba centralizado en 18 de Julio, que por caminos enlodados en invierno o polvorientos en verano, representaban las únicas vías de comunicación con algunos parajes que como San Luis, Barrancas, Los Ajos, Punta del Carretero, Cebollati, La Coronilla y el propio Chuy, recurrían a las oficinas públicas allí instaladas. Sin carrera definida, ni el examen idóneo requerido, el joven Bernardo Ventura con el apoyo invalorable del Dr. Héctor Lucían Cansani se fue ganando la confianza de la población, que además de “boticario” le otorgó de inmediato el titulo de enfermero, partero y hasta de doctor. Con mobiliario prestado por Don Segundo Ferreira armó su vivienda de recién casado y en la pieza del frente un mostrador con mampara protegía el primus a queroseno donde se fabricaban los jarabes. Es posible que la medicina de aquellos años no fuera tan científica como lo es en la actualidad. Sin embargo el “boticario” se fue ganando su lugar entre los vecinos de la incipiente aldea.
Años más tarde se radica en la frontera, dando comienzo a una nueva etapa de su vida, ganándose también el respeto, el afecto y la consideración de los vecinos. Estuvo siempre consustanciado con el Partido Nacional, al que dedico sus mayores esfuerzos, poniendo a su servicio una generosa solidaridad partidaria, que llegó a comprometer su patrimonio personal. Sufrió en carne propia los avatares de la política, dándose entero sin pedir nada en beneficio propio o de familiares. Es posible que durante los últimos años en su retiro obligado de La Barra, haya sufrido al margen de sus dolencias, los dolores que provocan las injusticias de la vida. Sin embargo soportó en silencio el marginamiento de amigos y correligionarios que tanto le debían. Fue una soledad prolongada y dolorosa que no hubiera imaginado cuando llegó a 18 de Julio en aquel invierno del 37…