En crónicas anteriores el historiador Lucio Ferreira, nos aportaba detalles sobre la muerte del contrabandista José Larrosa a manos de una patrulla militar, en circunstancias que comandaba una cuadrilla de contrabandistas, en la zona de San Miguel.
En esta oportunidad recogemos detalles de este enfrentamiento, transcribiendo algunas páginas del libro “SANTA TERESA DE ROCHA” del escritor Miguel Víctor Martínez, que se encontraba en la zona, cuando se produjo este enfrentamiento.
“Estoy de nuevo dentro de este Fuerte de San Miguel, levantado por los portugueses a principios del siglo XVIII. Hay puntales y cabreadas en sus muros derruidos y hay en las piedras que están a punto de desprenderse y rodar hacia la falda del cerro, signos inconfundibles de que la protección del hombre ha dado comienzo a su obra reparadora”. De esta manera comienza Martínez a relatar su presencia en San Miguel en la década del 30. “José Larrosa, su nombre aspira a leyenda desde la villa de Castillos hasta los bañados de Santa Teresa, desde la sierra de los Amarales en el Oratorio, hasta las puntas de India Muerta, cerca del pueblo de Lascano. Con el rodar de los años, la fantasía ha querido asignar a los episodios de la vida de José Larrosa atributos singulares y ha convertido su generosidad y su arrojo en una representación fuertemente simbólica, porque fue contrabandista y murió en su ley, defendiendo los cargueros de mercaderías en infracción. A los quince años se dedicó a infringir las normas de la ley e ingresó en una cuadrilla de contrabandistas de San Miguel.
En las páginas finales del relato Martínez hace notar los rasgos de guapeza que adornaban la personalidad de Larrosa. Su arrojo quedó patentizado en lo que sería su último viaje de contrabandista: “Se dio la orden de salida. Las yeguas vadearon el río enrabadas por la cola. La cuadrilla se internó despacio por los campos de Generoso Da Silva, bajo la oscuridad, con Larrosa en la avanzada de la marcha. Tenía que suceder. Apareció Larrosa en su gateado. Los infantes lo dejaron pasar. Preferían hacer fuego contra la gente que traía la carga de mercaderías, porque el fin de aquella emboscada era apresar el abundante contrabando. Llegó al lugar la fila de los cargueros. Una descarga fue a perderse entre los espadones del bañado. Larrosa no se inmutó. Así como 15 años antes, en un alarde de valor sin medida, detuvo con su Smith 44 el fuego de los milicianos, consagrándose en valentía, en igual forma volvió ahora sobre sus pasos, clavó las espuelas y se fue generoso al entrevero. Pero esta vez, el valor se cansó de concederle títulos. Baleado en las costillas, se encorvó un poco sobre la cabezada del recado, hundió el mentón en el pecho y cayó muerto...