Cielo azul, mucho sol, altas temperaturas, finas arenas y una razonable vegetación han hecho de este balneario el lugar ideal para una cómoda estadía.
El paisaje natural, una infraestructura que colma las expectativas del turista y servicios públicos aceptables representan en la actualidad la mejor propaganda para retener a los viajeros en este balneario. Pero también, al margen de las bellezas naturales, el turista puede encontrar lugares ideales para degustar comidas típicas de la zona y centros nocturnos donde también se puede disfrutar de buena música para matizar la noche.
Un hecho destacable está relacionado con la naturaleza de la vivienda, hasta la década del 80/90 las casas eran alquiladas en su totalidad durante la temporada veraniega, pero en la actualidad un alto porcentaje se ha convertido en domicilio permanente de quienes trabajan en Chuy.
Por ese motivo se pueden observar mejoras importantes en algunas construcciones. De todas maneras como todo balneario La Barra se fue haciendo en cada temporada, despacio, sin apuro y de acuerdo a la visión de los hombres que fueron llegando al balneario.
A mediados de siglo las temporadas estivales estaban relacionadas con las vacaciones escolares. Comenzaban cuando terminaban las clases, mediados de diciembre y culminaban en marzo. Los viajes en carros duraban más de una hora para cubrir los 10 kilómetros y no resultaban muy cómodos, teniendo en cuenta que se cargaban las gallinas y animales de estimación que no podían permanecer solos en la frontera.
Ranchos humildes sin mayores pretensiones fueron abriendo puertas a los primeros adelantados. Sin robos, sin violencia y total integración entre los pocos vecinos que fueron formando el rancherío inicial.
Entre varios, el rancho “alargado” de Totó Cambre, de Gustavo Weis, de Feliciano Ferreira, del sastre Guillermo, del constructor Resquín y de los carroceros Dorval Rocha y Serafín Lima. Más allá, el “Cabito” Terra en la casilla blanca de la Aduana, don Avelino Moreno también aduanero que conjuntamente con Trillo Laudama y Claudio Milar vigilaban la frontera atlántica. Más allá, la fábrica de Maiorano y el Club Social donde se alternaban en la cantina “Quino” Silva, Trinidad y el “Negro” De Brun.
Por esos años toman impulso los fraccionamientos dando comienzo al desarrollo inmobiliario, facilitando la construcción y el afincamiento de nuevos vecinos. De esta manera fueron llegando paulatinamente las familias de Berto Vidal, Gerónimo Acosta, Fermín Corbo, Juan Fernández, Oscar Díaz y muchos otros. Los primeros vehículos marcaron su presencia los fines de semana, alterando la siesta prolongada de los mayores, destacándose los autos de José Regal, Manuel Iglesias, José Rodríguez, el camioncito de don Joan Silva, la baturè descapotable de don Silvio Fossati y los autos de Egidio Silvera y Valdo Rusomano.
Por la tarde, un “pueblo” conformaba la rueda familiar junto al arroyo, bajo el puente de madera que allá por el 47 había inaugurado el Ministro Tomás Berreta, que años más tarde llegaría a la presidencia de la República. Comienzan en forma simultánea las reuniones bailables en los ranchos de Nicomedes Gómez y Julio Veró, donde solía tocar por 5 pesos y una cerveza un joven llamado Carlos Julio Eismendi “Becho”, que años más tarde se consagrara como uno de los mayores violinistas de nuestro país. (Material que publicáramos en el último número de la Revista Histórica Rochense que dirige el Dr. Alejandro Umpierrez).