Allá por el año 1963 la frontera comenzaba tímidamente a buscar un lugar en el concierto turístico de nuestro país bajo el impulso comercial que fue surgiendo del otro lado de la avenida Internacional.
El Club San Vicente inauguraba su cancha que años más tarde recibiría el nombre de uno de sus fundadores: “TITO FERNANDEZ”. También ese año se inaugura la escuela Nº 88 con 30 alumnos, bajo la dirección de la maestra Irma Fernández.
n el plano musical surge el quinteto LOS ESTRELLEROS con Williams Decuadra, Daniel Acosta, Wilmer Vázquez, Ruben Decuadra y Juan Antonio Vázquez, que tuvieran destacada actuación en Canal 4 de Montevideo, Radio EL ESPECTADOR y varios centros educativos de la capital.
Desde Brasil nos llegaba la Bossa Nova con Joao Gilberto, y desde Inglaterra los primeros éxitos de los Beatles.
Janio Cuadros había renunciado a la presidencia norteña por culpa de las “fuerzas ocultas”, no sin antes haber prohibido las riñas de gallos en todo el territorio y condecorado al CHÉ GUEVARA que andaba por estos pagos.
En nuestra principal avenida que por aquellos años era simplemente “la Internacional”, abría sus puertas un pequeño “boliche” con 18 metros cuadrados, donde se debían arreglar de alguna manera el mostrador, la heladera, 7 mesas, 28 sillas, los mozos y los clientes.
Sin embargo le bastaron pocos meses para convertirse en el lugar obligado de la noche fronteriza. Buenas copas y comida ligera (al paso) determinaban un lleno total en las noches del cine de “Lasa” o cuando la juventud sin malicia aguardaba la salida del liceo que por aquellos años estaba junto al Club Social. La frontera todavía era “civilizada” y se daba cita en “el WALTERS” para escuchar música, leer los diarios, o mantener el encuentro furtivo, mientras con pocos decibeles iban llegando los temas de Ray Conniff, Tom Jobín, Frank Sinatra, Glenn Miller, Charles Aznavur, Clara Nunes o Martino Da Vila.
Cabe señalar además que un alto porcentaje de comerciantes y funcionarios no regresaban a sus hogares sin pasar previamente por el WALTERS para estirar la jornada, disfrutando de un ambiente descontraído y ameno. Era además el refugio preferido para “arreglar el mundo” en una comunicación casi religiosa que ha ido desapareciendo con los años.