Por aquellos años, Chuy se congregaba en un ritual casi sagrado en el amplio galpón del Club Luz y Vida en territorio brasileño, al que se llegaba previa caminata por la “Internacional” para saludar amigos o simplemente para ponerse al día con los últimos acontecimientos. Por allí desfilaban las jóvenes de la sociedad fronteriza con sus collares interminables, caravanas que no “pegaban” con nada y zapatos con tacos exagerados que se clavaban como una puñalada en las calles de tierra y arena.
Al frente de algunos domicilios, los jardines luchaban contra el invierno cuya escarcha quemaba rosas y malvones ante la preocupación de las abuelas.
Ningún fotógrafo registro el paso de aquellos años que nuestra adolescencia imaginaba eternos. Casas y ranchos, sobre calles sin nombre, que se identificaban con sus propietarios; la peluquería de Miguel García, los ranchos de “Birila”, Elvira Rotta y Ataides Cabrera entre otros.
Más allá los prostíbulos de Sara, Laura y María Angélica. Cosas imaginarias o reales para el mejor recuerdo, que se quedaron para siempre en la retina de cada vecino. Fuera de la planta urbana y con berretines de casa quinta el edificio de las hermanas Quelo, con sus muebles viejos y altos que se codeaban con el techo. Caserón enorme con sus espejos y fotos redondas de los antepasados. Hoy todo es historia.