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Por Walter Celina - 2 de Julio 2014

LA “MORDIDA” DE MR. BLATTER


LOS CRACKS DEL CAMPITO

La tradición deportiva uruguaya tiene importantes raíces en las políticas formativas que se expresaron desde principios del siglo XX en que se concibió la cultura del ejercicio físico como un atributo distintivo de una sociedad nueva, imbricada en la utopía republicana. Uno de sus ingredientes favorecedores tuvo que ver con la prédica rodoniana, potenciadora de las cualidades juveniles. El sistema público de educación encontró el refuerzo de la diseminación de plazas deportivas, centros culturales y técnicos, fomento del amateurismo, creación de clubes.

Señaladas conquistas internacionales -especialmente futbolísticas- fueron la premiación de un tiempo ido, pero no enterrado. El profesionalismo en el balompié se hizo moneda de cambio tras la obtención hazañoza por Uruguay de la Copa “Jules Rimet”, en el Mundial de Brasil de 1950.

Un país pequeño, con pobre densidad poblacional, con una economía -al menos- dependiente, recoge en el mundo contemporáneo la antigua vibración de niños y adolescentes corriendo tras las pelotas de fútbol en los descampados barriales. Los cracks allí nacidos son “intermediados” y colocados -como verdadera mercancía- en el fútbol europeo y japonés.

EL DERECHO BÁRBARO

En un marco globalizado este deporte oficia hoy como el mayor espectáculo de masas, cruzado por intereses empresariales y de círculos afines. Su organización dispone de un gobierno en que los deportistas “reinan, pero no gobiernan” y, peor aún, están despojados de derechos elementales.

Así, el campeonato que se disputa en Brasil ha mostrado sin taparrabos el procedimiento inicuo de sanción al player uruguayo Luis Suárez, a quien no sólo se le suspendió draconianamente sino que se le desterró de los estadios, de la propia concentración de su selección, impidiéndole comunicarse, cual un preso sin rejas. Se le infligieron penas abusivas y en cascada. Todo, sin fundamentos objetivos, según un comunicado público. Sanción encriptada, que no admite efecto suspensivo ante un pedido de revisión urgente por desvío de poder.

Los monárquicos de la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) aplicaron un “derecho bárbaro”.

La exposición realizada por el director técnico de la selección compatriota, Oscar W. Tabárez, ha sido sobria y concluyente. Admitió que la coerción radica “en el organizador” con la salvedad que ello “no significa aceptar un uso indiscriminado”. Y manifestó, como señal de su desacuerdo con el procedimiento catoniano, que renunciaba a integrar órganos de trabajo de la multinacional en los que cooperaba. Conducta ética, propia de un técnico galardonado como “Campeón del Deporte” por la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura).

¿Y LOS MORDEDORES OLÍMPICOS?

¿Qué hubo para que la FIFA de Joseph Blatter blandiera su mazo imperial contra Uruguay, descalificándolo en el momento de inflexión de la competencia, mediante el decretazo de parálisis deportiva de Luis Suárez?

Los más informados se remiten a la exigencia de clubes uruguayos que demandaron a la CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Fútbol) la presentación de balances, desde 2008, llevando el planteo a los estrados judiciales. Ello motivó la intervención de Blatter, así como la circulación de rumores sobre posibles sanciones a la AUF (Asociación Uruguaya de Fútbol).

Otra parte, tendría que ver con la fobia inglesa y los sentimientos contradictorios que les despierta el delantero del Liverpool Luis Suárez. Sancionado, hostigado y amado en Inglaterra, el salteño acababa de torpedearles el barco con dos exocets, que mandaron a casa a la Rubia Albión. Y de yapa, coadyuvó a despachar, sin retorno posible, a los itálicos.

Un puntapié a un adversario, un codazo, un empujón o una clavada dientes -como en las que Suárez expresa a veces su ofuscación-, etc., no constituyen acciones lícitas para los reglamentos de juego. Tampoco son deseables. Quedan sujetas a la apreciación de los árbitros. Y está testimoniado en el propio certamen. Lo demás es improcedente.

¿A todo esto cuál es la “gran mordida”? En el Río de la Plata “una mordida” es la coima tradicional que muchas administradoras de edificios de Buenos Aires, Punta del Este y Montevideo cobran a las empresas de servicios.

En el fútbol internacional las “mordidas olímpicas” verdaderas las dan los coaligados de Joseph Blatter. Conforman pactos preferenciales con las empresas multinacionales y gobiernos, validados sin contralores externos.

En ese caldo viven, se perpetúan y florecen, como en las más rancias monarquías o los aparatos mafiosos.

Es la otra cara de un mundo al revés.

walter.celina@outloock.com - walter.celina@adinet.com.uy

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