NOTA 1
REFLEXIÓN PRELIMINAR
La intensidad y los colores del amor se viven subjetivamente de un modo no siempre coincidente con lo que se exterioriza. Asimismo, fenómenos accesorios suelen interpretarse como principales. Baste apuntar esto para advertir la complejidad, no solo de las vivencias propias de los actores, sino de las de quienes examinan, como terceros, la situación dada y adquieren una visión.
La realidad, por estos efectos, parece mimetizarse o, al menos, esfumarse en una neblina que desfigura las imágenes.
Esta reflexión anticipatoria viene a cuento en función de lo que podría denominarse la vida, el amor y la muerte de la poetisa uruguaya Delmira Agustini Murtfeld (1886-1914).
Se está cumpliendo el centenario de su trágico fallecimiento, al tiempo que reflorece su jardín lírico y una moderna investigación revela lo que permaneció oculto por décadas.
DESPUÉS DE LA REBELIÓN SARAVISTA
Tras los últimos fogonazos de la rebelión de Aparicio Saravia, en 1904, el presidente José Batlle y Ordóñez puso proa a las ideas impulsoras de un novel estado nacional. La pacificación del país, su producción exportable y la remodelación del sistema de derechos populares fue dando perfil a clases y capas emergentes.
A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre Delmira, los estudios se han cumplido desde la obra hacia afuera, desconectados de la gravitación que sobre su personalidad ejercieron padres, hermano, familias del entorno, amistades, relaciones, etc.
Su progenitor fue Santiago Agustini (uruguayo, fallecido en 1925). Su madre María Murtfeld Triaca (argentina, 1859-1934). El buen pasar del núcleo buscaba coronar su ascenso social con niveles mayores de aceptación. Agustini era prestamista usurero, operador activo con el ejército y miembros de la clase política. El oficio paterno no gozaba de buena reputación y la señora Muntfeld, con fidelidad a costumbres afrancesadas, aspiraba a superar ese escollo de valoración social.
CULTIVO DE LA SENSIBILIDAD
Delmira no compartió bancos escolares, ni centros colectivos de formación. Fue cultivada, sin embargo, con dedicación, todo lo cual parece haber estimulado su precocidad artística. Así, las biografías citan su conocimiento del idioma galo, las enseñanzas de piano con la profesora Madame Bemporat y el aprendizaje en pintura con el maestro Domingo Laporte (1855-1928) -perfeccionado en Florencia y laureado en París-, impulsor de las artes visuales en Uruguay.
Agustini padre fue uno de los fundadores de la Bolsa de Montevideo. La madre, modelaba a la joven. La conducía, promovía y vigilaba, cual preciada joya. “La nena”, así llamada familiarmente, mantenía un lenguaje duplex. Algunas esquelas la muestran con una escritura poco convencional, balbuceante y juguetona. Será en los escritos de su intimidad profunda -radicados en su poemática- en que aparece la mujer sutil, voluptuosa, de imaginación exquisita. Y es, la admirable transgresora de los códigos inficionados por la ética represiva del pecado. Avanza sobre su época y se viste con las galas de un léxico desinhibido y rupturista, nunca procaz.
De una de sus unidades temáticas extraigo esta confesión lírica: “…Tu forma fue como una mancha de luz y de blancura./ Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;/ bebieron en mi copa tus labios de frescura,/ y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;/ me encantó tu descaro y adoré tu locura./ Y hoy, río si tú ríes y canto si tú cantas…” (“El intruso”. Edición de O. Bertani, 1913).
VIENTOS DEL SUR
Cuando Montevideo se dispuso a salir de su recinto peninsular amurallado, empinándose sobre el relieve orográfico hacia su profundidad territorial, el nuevo amanzanamiento -a partir de la Plaza Independencia- quiso rendir tributo a un puñado de rebeldes orientales, partícipes en las batallas liberadoras en territorios andinos. La primera vía de tránsito que cortaría la Avenida 18 de Julio se denominó De los Andes. Bebiendo el viento sureño, conectaría las orillas marítimas de las Ramblas Portuaria y Sur.
Justo, en tal intersección -con la prolongación del Boulevar Sarandí-, tomaría relevancia en el paisaje urbano el “Gran Café y Confitería La Giralda”. Punto privilegiado de encuentros de gentes de buen pasar, de intelectuales y fervorosos dialoguistas. Admiradores, muchos, de la poeta. Por allí se esparcía la brisa, amalgamando y dispersando las voces en la Ciudad Nueva.
Aquel día de julio de 1914, Enrique Job Reyes -ex esposo formal y amante real y único de la musa-, deslizó sus pasos simultáneamente con su entrañable pareja hacia una habitación de la casa de la calle De los Andes Nº 1206, casi Canelones.
El escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1934) en carta a Delmira realiza un comentario sobre el poema “Lo inefable” (edición de O. Bertani, 1910), casi premonitorio: "Qué obsesión tiene usted con la cabeza de su amante o de su amado o la cabeza de Dios muerta y en su pecho".
Sobre las tres de la tarde un acero de dolor cruzó la calle De los Andes. Se oyeron cuatro estampidos secos contra los hilos de la vida. Estaban en el cuarto, sin otros signos de violencia, el cuerpo yerto de la mujer y, agonizante ya, su fiel amor.
Se había consumado un pacto terrible, superador de una agonía existencial compartida.
A la vuelta de un siglo, la verdad viene a coronar a Delmira Agustini.
Conversaremos al respecto.-
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