NOTA 2
PSICOPATOLOGÍA DE UNA MADRE
Al concluir la nota anterior nuestros ojos quedaron fijados en el trágico cuadro de una mujer yacente -Delmira- y un hombre agonizante -Enrique-, quien momentos después fallecería en el Hospital Maciel.
La versión difundida desde julio de 1914 por la familia, por la prensa e intérpretes policiales es que se trató del caso de un homicida celoso, que tras obrar contra su pareja, atentó contra sí mismo. Los velos de una aceptación pacífica cayeron. La versión estuvo consolidada por un siglo. Hasta que se resquebrajó.
La indagatoria ha correspondido al escritor e investigador Diego Fischer Requena (1), quien remontando la cuesta de los años -con asistencias muy valiosas-, tironeó de los tules del tiempo, apartando lo verdadero de lo falso.
La personalidad de Delmira fue moldeada por su madre, quien la mantuvo asida al cordón umbilical, más allá del parto. Fue ya explicado. Apenas cabría trasladar el concepto del psicopatólogo de la Universidad de Roma, Máximo Ammniti (1941). En un análisis sobre la intersubjetidad madre-hija, menciona los aportes clínicos de Donald Winnicott (1956), referentes a los efectos mentales que genera el embarazo, para seguidamente recordar: “En su “Introducción al Narcisismo”, Freud (1914) trata sobre los roles parentales durante el proceso intergeneracional, centrándose en la función de la “compulsión [de los padres] a atribuir toda clase de perfecciones al niño” (p.91) y, en las siguientes líneas, añade: “El niño debe cumplir aquellos sueños deseados de los padres, sueños que ellos nunca realizaron” (p.91).”
Como consecuencia de esta compleja relación, serían los brillos de la hija los que le permitirán a la progenitora acceder al plano social deseado.
LA MUJER PARTIDA
Enrique Job Reyes mantuvo un noviazgo de 5 años junto a Delmira. La madre aspiraba a que su hija se desposara con un miembro de familia burguesa: Ricardo Más de Ayala. La poetisa sostuvo a Reyes. Celebran nupcias el 14 de agosto de 1913. A los 52 días la mujer retorna al ámbito paterno. Una tensión extraña, pero real y no única.
La personalidad de Delmira se exhibe como partida al medio. De un lado, tironeada por un cordón umbilical opresivo; de otro, por un amor que no desmaya y que no puede florecer.
Siguen hechos significativos. Primero, formalización del “divorcio católico”, consistente en la apodada separación de cuerpos. Luego, el legal con la asistencia del Dr. Carlos Oneto y Viana, redactor del histórico proyecto de ley en la materia. Más aún. Amigos íntimos de Enrique Job Reyes oficiarán como testigos en la disolución conyugal. Y será la pareja la que concurra a la sede judicial a apresurar las notificaciones, en común acuerdo. Con reiterada frecuencia Delmira verá al hombre de su vida en la habitación de Andes 1206 y lo hará a la luz del día. El vínculo pues, es sostenido.
La pareja obraba según un plan. Consumarían el divorcio respetando el designio materno y se alejarían a Buenos Aires. O morirían juntos.
Merece un renglón aparte una escena macabra, de corte medieval, registrada antes del casamiento. Resulta absolutamente esclarecedora. Es cuando la madre obliga a la hija a someterse -en su presencia- a una pericia de virginidad en el consultorio de la Dra. Aurora Curbelo (cuarta egresada de la Facultad de Medicina de Uruguay). Para la patológica señora Muntfeld esta era la cualidad que Reyes debía preservar a fin de no alterar la creatividad de Delmira…
VACIAMIENTO DE LOS CÁLICES
“En “Los cálices vacíos” se evidencia -sostiene la filóloga española Carmen Sales Delgado- la frustración y la angustia que surgen de no poder alcanzar aquello que es sublime y hermoso. Es, por tanto, el cuerpo un vehículo para alcanzar la plenitud, al mismo tiempo que un modo de expresar la angustia y el dolor que surgen de las limitaciones y la imposibilidad de alcanzar esa plenitud.”
Cuando las nubes oscuras van tiñendo el cielo, como anticipando un desenlace, Delmira exclama: “…Tómala y bebe, que la gloria dora/ el idilio de luz de nuestras almas; /¡marchítense las rosas de mi aurora/ a la sombra indeleble de tus palmas!”.
Expresando un sentimiento de algo con la cualidad de inexpresable y/o maravilloso, su pluma desgarró el papel -en “Lo inefable”-, mostrándose entera en su desdicha existencial: “Yo muero extrañamente.../ No me mata la Vida, / no me mata la Muerte, no me mata el Amor;/ muero de un pensamiento mudo como una herida./ ¿No habéis sentido nunca el extraño dolor/ de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida / devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor? / ¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida/ que os abrasaba enteros y no daba fulgor...?”
Habrá que volver a la calle De los Andes 1206 para cerrar esta página humana.
NOTA (1):
Diego Fischer (1961), escritor y periodista (formado en universidades de Navarra y Boston), ex corresponsal de United Press Internacional en MVD.
Autor de libros históricos nacionales y del revelador y reciente estudio “Serás Mía o de Nadie” (Edit.Aguilar).
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