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Por Walter Celina - 23 de Septiembre 2014

CRÓNICA PATIBULARIA - Nota III


III

BREVE CONSTANCIA

La comunicación que desde España que me cursara César Tamborini Duca (nota I) me introdujo, casi imperceptiblemente, en el mundo de las letras pioneras volcadas en la prensa por el escritor argentino Roberto Arlt.

Lo que se leerá, al margen de cualquier valoración histórico-política de los sucesos en medio de lo que ocurre su exposición, no es la materia que me ocupa. Aunque pueda ligarse a ella y refiera a credos ideológicos y acciones humanas.

Importa mostrar la precisión del escrito, el clima que transfiere, la psicología de los personajes. El cuadro general. Las enseñanzas de una forma de redacción. Lo que late tras el pulso del periodista que, en medio de la agitación pública, llega a su mesa de trabajo para dejar librado -en un tiempo acotado- un testimonio sobre un hecho resonante.

HE VISTO MORIR…

Por Roberto Arlt

(Aguafuertes Porteñas)

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanosos tras de las rejas. 5 menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.

Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni (1) para verlo morir.

LA LETANÍA

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una silla como de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.

"..de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número..."

El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.

Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.

"..artículo número...ley de estado de sitio... superior tribunal... visto... pásese al superior tribunal... de guerra, tropa y suboficiales..."

Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.

"..estamos probando... apercíbase al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dése copia... fija número..."

Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.

"..Dése vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario..."

HABLA EL REO

-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor...

Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.

El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!

El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.

Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.

Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:

-Venda no.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.

Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.

Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

-Pelotón, firme. Apunten

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

-¡Viva la anarquía!

-¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.

Fogonazo del tiro de gracia.

MUERTO

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de “La Razón”, Álvarez de “Última hora”, Enrique Gonzáles Tuñón, de “Crítica” y Gómez, de “El Mundo”. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

-Está prohibido reírse.

-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.-

NOTA:

(1): Militante anarquista italiano de 29 años, fusilado en Buenos Aires bajo el gobierno de facto de José Félix de Urraburo, que en 1930 derrocó al legítimo de Hipólito Irigoyen. Este fue el primer presidente argentino ungido por voto secreto.

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