Estamos llegando al momento culminante en que los cascabeles de la campaña electoral estremecen avenidas, calles, plazas, etc., sin dar tregua a los oídos. Los atribulados ciudadanos, más allá de adhesiones o simpatías por conglomerados políticos y candidatos, no tienen modo de eludir los golpes boxísticos. Si se busca una noticia o un entretenimiento radial, televisivo o por Internet, no habrá forma de escapar al martilleo.
La ley, felizmente, establece un reposo auditivo y visual. Ud., ahíto, ansía llegar a ese tiempo en que se sentirá libre de la inclemente azotada.
Esté o no en el campo de los “indecisos”, haya o no decidido a qué núcleo votar -habida cuenta de las aptitudes o inhabilidades de los candidatos con posibilidades de ser electos y de quienes corren como meritorios o van de relleno-, es posible que mantenga interrogantes. Indisolubles. Inexpugnables.
Una que se hizo clásica, tras caerse de madura. Siempre de respuesta escurridiza. ¿Cómo se financian los partidos, quiénes van detrás de los entusiastas postulantes? El silencio suple la mínima transparencia.
Desde luego, siempre importa saber cuál es el perfil de los componentes de esa especie de hormiguero que trae cada hoja de votación. No estaría bien elegir a ciegas.
Los tiempos cambian, los sistemas tienden a perfeccionarse, el involucramiento ciudadano aporta al vigor y estabilidad de la institucionalidad democrática. Ello incide en la calidad de los gobiernos.
Desde la antigüedad, cuando las sociedades no poseían los instrumentos desarrollados por las actuales, hubo preguntas rigurosas y planteos de filósofos y maestros de jerarquía, sobre ciertas características de los postulantes para ejercer la conducción política.
Para el tiempo del llamado período de “reflexión” electoral vale tomar las hojas numeradas, examinar las combinaciones por “sublemas” y, con elementos de juicio propios, proyectar las características de algunos de los nominados: los que conocemos. Sea por vecindad, familia, formación, trayectoria personal, cualidades sociales, etc. ¡Es levantando las piedras que aparecen los cangrejos!
El sabio griego Platón (427-347, antes de nuestra era), en su célebre trabajo denominado “Politeia”, hace esta caracterización del llamado “animal político”: “…Al principio, sonríe y saluda a todo el que encuentra a su paso, niega ser tirano, promete muchas cosas en público y en privado...”. Luego, alude a la mansedumbre con que decora su presencia y al reparto de dádivas. Algunos de estos sujetos, luego de alcanzar cierto poder, juegan a dividir. Y, previene el pensador, sobre la conducta que pueda adoptar, finalmente, como tirano…
Las promesas no son de ayer. Los programas incumplidos, tampoco. La historia ha estado tapizada, hasta nuestros días, de tiranos -dictadores y verdugos- y, los personalistas, siguen teniendo importante presencia en los equipos de mando.
El axioma de Platón daba a la política un sentido exacto y de principio: “Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro.” Pero, más de una vez, la ecuación se invierte, en función de intereses propios o de grupo.
Sobre la importancia de observar en sus raíces los acontecimientos, Nicolás Maquiavelo (1469-1527), personalidad política florentina del Renacimiento, manifestaba descarnadamente: “En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven.”
Una buena reflexión precisa de un buen razonamiento. En democracia importa que la mirada del soberano sea sensible.
Vuelve hoy a cobrar vigencia Platón: “Un hombre que no arriesga nada por sus ideas o, no valen nada sus ideas o, no vale nada el hombre.”
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